miércoles, 21 de octubre de 2015

Sí a la prostitución


Artículo de Sergio Calle Llorens


Yo, Sergio Calle Llorens, de nacionalidad española y residente en algún lugar de Finlandia que todavía no puedo señalar en el mapa, quiero reconocer públicamente que he mantenido dos contactos con el mundo de la prostitución; el segundo, y más reciente, tuvo lugar en un polígono del sur  adonde fuimos a vender cuando el coche nos dejó tirados y las señoras putas tuvieron a bien empujar el vehículo hasta su resurrección. El primero, y más lejano en el tiempo, tuvo como protagonista a un primo mío  tan “tonto” que, de haber vivido lo suficiente y con la pertinaz práctica, hubiese llegado a Consejero de la Junta de Andalucía.  Como no paraba en sus prácticas onanistas y al ser su madre señora muy pazguata y católica, hubo de ser mi progenitora la que le buscara la meretriz. Así, el joven pudo disfrutar de los efluvios del querer cada cuarto día de la semana. Tan contento estaba con el “ars Amandi” de su “novia” que, fuera o no el día señalado para su desahogo carnal, cualquier momento era bueno para gritar a pleno pulmón; “mañana es jueves, mañana es jueves”. Con los años, Amparito, que así se llamaba la dama, decidió retirarse algo arriñonada de tanta jodienda pero con unos buenos ahorros en la butxaca. Mi allegado, que no pudo soportar su ausencia, se nos murió de pena.

Tal vez por todo ello, siempre he sido muy favorable a la idea de la legalización del oficio más antiguo del mundo.  Esa mujer Amparito, lo juro, tenía más clase aún siendo aflautadora profesional de miembros, que muchas de las señoras que he ido conociendo a lo largo de mi existencia.  Hizo, justo es reconocerlo, una gran labor social por un impedido mental. Es obvio que estas pobres anécdotas familiares no deben de tomarse como base a la hora de legalizar el mundo de la prostitución. Empero, mi lado liberal me hace  ponerme del lado de su reconocimiento jurídico al ser más las  ventajas que los inconvenientes que aportarían a la sociedad. Además que el PSOE plantee la ilegalización de las mancebías es motivo suficiente para hacer justamente lo contrario.

Pensemos en Suecia, lugar donde la prostitución está prohibida y, curiosamente, es la nación donde más violaciones se producen de todo el mundo.  Si nos atenemos a los datos oficiales, los terribles forzamientos son protagonizados por “no occidentales”, un eufemismo para evitar la palabra árabe. Parece que, además de retrógrados,  los seguidores del profeta Mahoma no saben que cruzando el puente de Öresund, que une Suecia con Copenhague, la prostitución es tan legal como la zoofilia y, tal vez eso explique, aunque solo sea en parte, que haya más cerdos que personas en la tierra de Hans Christian Andersen. Y cuando escribo cerdos, quiero decir criaturas de cuatro patas.  Curiosamente, tanto Pablo Iglesias como Albert Rivera tienen a Dinamarca como el país modelo a seguir. En Andalucía, que no es modelo de nada bueno, esas prácticas son semilegales y de ahí que las piaras de cerdos del parlamento mantengan todo tipo de relaciones de “amistad” con los animales rosados de los periodistas del régimen.

La legalización de la prostitución traería, si es a nivel europeo, menos mafias, más recaudación fiscal y menos violencia contra las mujeres. Podemos, como muy bien afirma el escritor danés Mikael Jalving en su obra “Absolut Sverige”, hacernos los suecos pero, con leyes o sin ellas, el comercio de carne va a seguir presente porque, en todas las épocas y en todas las culturas, hay hombres tan patéticos que pagan por sexo.  Recordemos, como ejemplo ilustrativo de lo que digo, a ese Consejero andaluz que se gastaba nuestro dinero en pilinguis y en cocaína. Muchos andaluces entrevistados sobre el asunto respondieron que “en épocas de congresos políticos”, los prostíbulos de la zona aumentan la clientela y por tanto; el negocio. Vaya que a las Mesalinas y a sus parroquianos se les escucha decir con  regocijo, y a todas horas, aquello de; “mañana es jueves, mañana es jueves”.

¡Legalización ya!


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