miércoles, 11 de febrero de 2015

Vienen a por nosotros



Como ya sabrán ustedes, el 7 de enero de este 2015 ha quedado, para siempre, impreso en una triste cuatricromía: el verde de los Campos Elíseos; el azul del cielo de París; el blanco de la harina de las baguettes, y el rojo de la sangre de los humoristas de Charlie Hebdo, derramada en los pasillos del semanario por los enfermos mentales que destruyen el mundo en nombre de Alá.

En los corrillos radiofónicos, en las tertulias televisivas se repite hasta la arcada que estamos ante el enfrentamiento entre dos Culturas. A mi juicio, no es así. Creo que supone un grave error pensar eso; o que estamos contemplando una inminente guerra entre religiones. Yo afirmo que no. Creo que somos espectadores, más bien, de la persecución enloquecida, por parte de un enorme número de hombres, de un tren que ya salió de la estación; un tren que ya partió y que jamás podrán coger.

El tren del que hablo es Occidente.

Occidente es un concepto que todos entendemos. Más que una región; más que una zona geográfica, Occidente es una Historia común, una forma compleja de entender la realidad. Y también, claro, Occidente es una zona geográfica; dispersa, sí, pero localizada.



En su músculo y en la masa de su sangre, Occidente acumula contradicciones históricas, matanzas fratricidas, holocaustos, guerras larguísimas, tensiones insufribles. Occidente guarda odios, rencores y venganzas; lame aún heridas que cerraron hace siglos, y en su durísima piel de toro cretense cualquiera puede ver mil cicatrices superpuestas formando un mapa indescifrable.

Occidente son los yankees, tataranietos de los puritanos del Mayflower; son los australianos, bisnietos de los asesinos y ladrones que los ingleses echaron a alta mar con la vaga esperanza de que se los comieran los tiburones. Occidente son los británicos y los alemanes, hijos de los bárbaros del Norte; y los franceses, con su guillotina a cuestas. Occidente es la Italia desorganizada; la España confusa y el Portugal que duerme. Y los países escandinavos, con todo su suicidio a cuestas. Y los holandeses y sus bicicletas. Y la franja norte y vikinga, que huele a grasa frita.
Pero Occidente es también Israel, rodeada del espanto islámico. Y sobre todo, Occidente es Grecia, la magnífica, por muy degenerada que esté hoy allí la Política, que ellos inventaron!

Europa, Norteamérica y Australia son Occidente. Y el Polo Norte. Y el Polo Sur. E Israel. Y me atrevería a afirmar que también es Occidente Argentina; y Chile. Y hasta Uruguay es Occidente!



Pero, sobre todo, es Occidente un alejamiento de la Religión como código moral, como sistema social; un alejamiento progresivo e imperceptible. Ciertamente, aún se abarrotan las iglesias protestantes cuando se celebran actos importantes; y el Vaticano se llena de jóvenes con guitarras que, de modo incomprensible para mí, han decidido sustituir el sexo torpe y salvaje (el mejor de los sexos posibles!) por la camiseta amarilla y un amor como de nietos al Papa.

Aún muchas parejas se casan por la Iglesia y bautizan a sus hijos; y seguirán haciéndolo durante décadas. Pero el sistema social, la superestructura a través de la cual nos movemos, trabajamos, vivimos y amamos ya no está basada en la Religión, cualesquiera sean sus ritos y folclore.

Occidente es un tren que partió a mitad del siglo XX hacia un destino desconocido, pero que con claridad abandonó la estación en la que estaba desde hacía siglos, y que no era otra que la de la dependencia moral de la Religión. La Filosofía brutal de un Schopenhauer o un Niestzche encendió las calderas de la locomotora; el descubrimiento del Subconsciente como motor de todos nuestros actos convirtió a Freud en un jefe de estación que, haciendo sonar su silbato, dio la orden de partir.
La creación de internet y la posibilidad de su uso en completa libertad, a finales del siglo pasado, hizo que el tren de Occidente comenzara a desplazarse lenta, pesada pero inapelablemente, sobre las vías de la Historia, abandonando definitivamente la estación en donde las confesiones religiosas determinaban la actitud y las decisiones personales de cada individuo.


Este tren no va a volver atrás; cada día, cada año, cada década que pasa, las gentes que pueblan Occidente conceden menos autoridad a las reglas sociales y morales derivadas del Cristianismo (Catolicismo y Protestantismo, en todos sus aspectos) y se guían por convicciones nacidas, en parte, del inmenso territorio ganado en el Mayo del 68, y en parte por el también enorme terreno conquistado por el Postmodernismo y la casi mixtificación del concepto Democracia.

Hace décadas que todos mis amigos y familiares comen carne en viernes; y no por retar a la Iglesia, sino porque nadie tiene en su código de conducta una costumbre que aún se llevaba a rajatabla cuando yo era un niño (y eso que mi núcleo familiar era anormalmente laico!).
La mitad de mis amigos se han casado por el Juzgado, pudiendo haberlo hecho por la Iglesia; y no por ofender o despreciar a la Fe en la que hemos sido inevitablemente criados, sino por cuestiones pragmáticas o simple huida del fasto eclesiástico y el entorno ineludiblemente barroco que ofrece siempre una boda por la Iglesia -al menos, en la barroca Andalucía.
Aún se bautiza a los niños; pero hay muchas parejas que deciden ya no hacerlo. Dentro de 30 años se bautizará menos aún. Y así, poco a poco e imperceptiblemente, y pese a que sigan existiendo comunidades religiosas empecinadas en actuar conforme a unas reglas de conducta de imposición externa, Occidente acabará despojándose de la Moral Judeocristiana por completo, convirtiendo a aquéllos que continúen basando su vida en el Cristianismo o el Judaísmo (o cualquier otra confesión) en grupos exóticos como puedan serlo hoy los Amigos de la Capa o los Rosacruces.

El tren de Occidente ha partido de esa estación oscura y llena de papeles grasientos que guardaban bocadillos de tortilla. No sabemos muy bien hacia dónde vamos, pero lo que está claro es que ya no volveremos a esa estación.
Occidente ha decidido volver a la agricultura sin pesticidas, proteger a sus animales, cuidar de sus niños educándolos en el amor y el respeto a la Naturaleza. Todo ello, muy poco a poco; pero cada vez somos más los que contemplamos el consumo moderado como algo beneficioso, los que nos levantamos por la mañana con el espíritu crítico hacia nuestras Instituciones bien despierto, los que protestamos ante los abusos. Y no porque así nos lo dicte nuestra confesión religiosa, sino porque es de lógica simple.


Ya no se nos hace imprescindible actuar a través de un código de conducta milenario que trufe de costumbres anacrónicas absurdas los comportamientos beneficiosos. Hemos comprendido que el Infierno es un estado de enfermedad grave del espíritu que lleva la destrucción a los demás; que el Purgatorio es la depresión, y que el Cielo es la armonía entre lo que decimos y lo que hacemos. Algunos, pensamos que la Vida Eterna no es otra cosa que procurar que el planeta en el que vivimos pueda seguir albergando con ciertas garantías de calidad de vida a nuestros hijos, y a los hijos de nuestros hijos; que el cuerpo es una carcasa compleja y caprichosa con fecha de caducidad que contiene un tesoro irrepetible: los códigos G, T, A, C. Algunos, hemos comprendido que nosotros moriremos, pero que otros estarán aquí para recordarnos durante un tiempo: no mucho, en la mayoría de los casos; siglos, en contadas excepciones.

Muchos ciudadanos, en Occidente, pensamos que el Bien existe al margen del Corán, de la Torá y de la Biblia; y que no es otra cosa que la capacidad de construir y de dejar que otros construyan. Y que el Mal existe también, y que no es más que el resultado de una pésima infancia y una muy mala educación. Que el mundo no es la lucha entre buenos y malos, sino entre gente constructiva y gente destructiva; y, en medio, la inmensa mayoría de los tibios de corazón, cuya actitud eufemísticamente llamada neutral no es más que una carta blanca entregada a los malos para que éstos lo destruyan todo sin encontrar resistencia.

En definitiva: Occidente es un tren cuyo maquinista es laico, aunque muchos de sus pasajeros aún estén ligados de alguna manera a sus ritos religiosos. Y en este tren no caben fanatismos ni religiones extremistas. Y mucho menos, pretensiones de guerras santas (puede haber alguna guerra que merezca ese apelativo?). Aquéllos que pretenden imponer su fe, su credo y sus ritos, bien sea como los misioneros antiguos o por la actual fuerza del miedo, están fuera de este tren; se han quedado en la estación, blandiendo sus espadas curvas y sus AK-47.

Estos enfermos de religión nos han visto partir; han escuchado el silbato del jefe de estación y ni siquiera tenían hecho su equipaje. No habían reservado billete; y, aunque había sitio para ellos, no lo había para sus bártulos: la ira; la muerte; la venganza; la inhumana represión de las mujeres; la mutilación genital; la lapidación; la muerte a los homosexuales; el silencio del propio Yo; la Oscuridad y el Miedo, con mayúsculas.
No hay sitio en el tren de Occidente para este equipaje cruel que rezuma sangre entre las costuras. Ya estuvimos mucho tiempo estacionados en otra parada del camino; una estación en la que se ajusticiaba por cuestiones religiosas; en la que se marchaban a Tierra Santa los hombres para intentar imponer nuestra Fe a otros en sus propias casas. Esa época terrible pasó y nadie quiere volverla a vivir.


Pero éstos han perdido el tren. Y, como no lo pueden soportar, han decidido apostarse, en avanzadillas, a lo largo del camino para sabotear nuestro viaje. La destrucción del World Trade Center en directo y ante los ojos incrédulos del mundo, ha sido una de las acciones de sabotaje al tren de Occidente más dañinas y espectaculares; pero no la primera. Ni la única. Los doscientos muertos de Atocha, que cambiaron el signo del Gobierno español en cuatro días, representando el primer golpe de Estado inducido que el fanatismo yihadista ha conseguido dar en el mundo occidental, ha sido otro de los golpes más duros a Occidente. Como el atentado de Londres y otros muchos.
Lo que ha ocurrido recientemente en París, con el resultado de 12 muertos, entre dibujantes, periodistas y policías vinculados a la revista satírica Charlie Hebdo, sin ser cuantitativamente un exterminio, ha impactado de lleno en nuestra conciencia occidental, porque ha llegado en el momento justo en el que Europa se plantea qué estamos haciendo con nuestros propios derechos civiles ante el paso atrás que supone permitir el velo, el matrimonio de niñas impúberes, etc. en nuestro propio territorio europeo.

Hasta qué punto una Civilización garantista de los derechos individuales debe proteger y alentar actitudes y costumbres cuya finalidad última es, precisamentela aniquilación de ese conjunto de derechos adquiridos con tanto sufrimiento y durante tantos siglos de dolor? De un modo similar a la actitud buenista de los sucesivos Gobiernos en España, que han permitido, alentado y apoyado sin reservas los nacionalismos, y ahora los españoles nos vemos a un tris de contemplar estupefactos la desaparición de nuestro propio Estado, gracias precisamente a estos nacionalismos, así Occidente comienza a ver las graves consecuencias del mal llamado multiculturalismoque no es más que la esnobista permisividad que en Europa ha habido con culturas cuasi medievales para que nadie pudiera tildarnos de autoritarios. Esta permisividad es el resultado de los complejos que arrastramos, entre unos y otros, por los acontecimientos de mitad del siglo XX en Alemania, España, Austria, Italia, Francia y otros países.

Ya basta de complejos! El tren ha partido y debemos asegurarnos de que el viaje pueda transcurrir con cierta tranquilidad; bastantes problemas tenemos ya dentro del tren con nuestros propios fundamentalistas (nacionalistas, extrema izquierda, extrema derecha) y la destructiva ingeniería financiera como para estar, además, pendientes de la panda de locos rabiosos que se agazapan en las márgenes de la vía para poner bombas en nuestro incierto camino!

Hay que organizarse, porque estamos en guerra. Los gobernantes y sus íntimos amigos los financieros, llenos de complejos hasta las trancas, deben apartarse a un lado y dejar paso a aquéllos que se han especializado en la guerra (los ejércitos, a los que mantenemos con nuestros impuestos para algo desde hace décadas) y permitirles hablar, proponer, dar ideas de acción. Quizás puedan aportar soluciones; o, al menos, sugerir unas pautas a los políticos occidentales -especialmente a los europeos- para que se bajen del unicornio en el que parecen viajar felices, supervisando nubes.

El tren de Occidente partió hace tiempo, y desde el vagón de cola se ve alejarse la última estación, en la que queda, para su desgracia, el mundo islámico. Algunos de ellos han logrado subirse a tiempo y se han adaptado al traqueteo del tren, al paisaje que se contempla desde sus ventanillas, al café y los emparedados que se sirven en la cafetería; otros, como los que han atentado contra Charlie Hebdo, y pese a haber nacido en el corazón del tren, no se han sabido adaptar al viaje de Occidente y han conseguido parar la locomotora por unos días.
Pero los verdaderamente peligrosos son los que quieren detener el tren para siempre, y éstos están a las puertas de Europa: entrenan con procedimientos paramilitares a muchos jóvenes que de la misma Europa emigran, buscando un sentido a su triste vida; cortan cabezas a occidentales y lo graban con cámaras de vídeo que han fabricado occidentales para luego subirlas a la red a través de internet, que también creó Occidente. Asesinan a mujeres y niños en cantidades espeluznantes; entierran vivas a sus víctimas si se niegan a abrazar el Islam (que, por cierto, significa “sumisión”); violan sin piedad a las mujeres; exterminan a los cristianos y a los judíos, y van dejando, por allí por donde pasan, un rastro de desolación sin precedentes.

Vienen a por nosotros; vienen por Occidente. Porque representamos todo aquello que ellos temen: la libertad de Culto; la libre circulación de las Ideas; la gloriosa exhibición del cuerpo de la Mujer; el imperio del sentido del Humor; la desacralización de los Dogmas; la libre aplicación de la Crítica; el desarrollo de la Ciencia; el camino expedito al Escepticismo; la sanísima actitud retadora del Arte…




Vienen a por Voltaire, a por Leonardo, a por Galileo. Con sus pasamontañas negros y sus cuchillos rojos, vienen a por Isaac Newton, Albert Einstein y Stephen Hawking. Quieren acabar con Agustín de Hipona, con Boecio y con Plotino; con Francisco de Asís, con Lutero y con Tomás Moro. Si les dejamos llegar al Museo del Prado o al Louvre, destruirán a Picasso, a Goya y a Velázquez; y a Francis Bacon, no les quepa duda! Los laboratorios farmacéuticos serán destruidos y sus investigadores convertidos al Islam o pasados por la espada. No habrá más libros que Al-Qur’an, en donde todo se recoge! Las mujeres serán enterradas en vida bajo un sudario negro; y los hombres que queden vivos (yo espero morir de los primeros!), caminarán de rodillas y dormirán en el terror.

No permitamos que destruyan el tren de Occidente! Hagamos frente al Horror! Somos Europa! Somos los Estados Unidos de América! Los tenemos a las puertas del Estrecho de Gibraltar. Es urgente que nos organicemos!


Porque, no lo duden: vienen a por nosotros.


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