Artículo de Rafa G. García de Cosío
Dentro de
poco se cumplirá un año de la detención en Alemania del expresidente fugado de
la Generalitat, Carles Puigdemont. En mi caso fue un día de júbilo, no era para
menos: un país miembro de la UE detenía a un fugado de la justicia de otro país
miembro. Para un europeo convencido -entonces, solo entonces- aquella noticia
supuso para mí nada menos que el fin del procés, comparable al final de una
película, cuando acaban con el malo y, tras final feliz, uno vuelve a los
problemas de la vida real. No es broma: el día que detuvieron a Puigdemont
España pasaría a ser un país normal, en el que se hablara de educación, de
pensiones, de política energética, de la creación de nuevas y el estado de las
existentes guarderías.



















