domingo, 28 de octubre de 2018

Qué le estará pasando al probe Montesquié


Artículo de Rafa G. García de Cosío



Helmut Willke es uno de los pocos intelectuales europeos que se atreven a cuestionar la democracia como ideal sistema de gobierno, sugiriendo incluso que China en este respecto nos lleva mucha ventaja. Willke argumenta que la dictadura china promueve a sus mandos y funcionarios basándose únicamente en la meritocracia, con lo que sus políticos no se ven obligados a deber su puesto a ningún grupo de interés y tienen supuestamente manos más libres para tomar medidas a largo plazo, mientras que las democracias europeas, con sus mandatos reducidos a periodos de cuatro o cinco años, obligan a los políticos a ofrecer soluciones de corto plazo. Que nadie piense que Willke es un derechista aristocrático: el filósofo alemán pone también de ejemplo a la idealizada democracia estadounidense, donde las inmensas cantidades de dinero de los lobbies, dice, acaban sustituyendo
no ya el poder del representante, sino el del mismo votante. Para que le entendamos mejor, Willke cita al economista Charles Lindlom, para quien la democracia es ''la capacidad de ir haciendo trampitas''. Como colofón, el filósofo alemán concluye que temas de gran calado y complejos como el cambio climático, en los que ''el votante medio no está preparado de adentrarse'', deberían ser delegados a una institución supranacional no elegida, al estilo de los bancos centrales.

En estos momentos, pocos países democráticos pueden librarse del diagnóstico de Helmut Willke. Sean sus ideas más o menos discutibles, él no se refiere a ninguna democracia en concreto. Sin embargo, en España ahora mismo vivimos una situación algo más que especial. Con el golpe de Estado (armado con la colaboración de los Mossos de Escuadra) iniciado en Cataluña el 1 de octubre de 2017 y fortalecido en Madrid desde el 1 de junio de 2018, nuestro país no se encuentra simplemente con un gobierno que tome medidas cortoplacistas o  sin el conocimiento de los ciudadanos, sino que tiene al timón a un jefe del ejecutivo que se ha atrevido a dar una puñalada mortal a la separación de poderes idealizada por Montesquieu, y en un momento en que la credibilidad judicial de España está casi totalmente cuestionada por el resto de Europa. Pedro Sánchez-Castejón, el Doctor Falcon-stein, ha superado ampliamente a Zapatero con su ''nación es un concepto discutido y discutible'', pues ambos han pisoteado la letra de la Constitución, que es cosa del poder legislativo (Sánchez-Castejón lo hizo intentando vetar el rechazo del Senado a sus presupuestos), pero el actual presidente se ha atrevido, pocos día desués de la visita de Iglesias a Oriol Junqueras en la cárcel, a cuestionar el delito de rebelión en Cataluña. Jamás Zapatero o Rajoy cuestionaron de tal forma al poder Judicial!

Qué van a pensar ahora los jueces alemanes que se atrincheraron en sus casas tras negar al Supremo, desde un tribunal de provincias, la entrega de Puigdemont por rebelión? Qué postura van a adoptar ahora los países que quizá habrían entendido a España, como Italia, Grecia, Polonia o Hungría, y que ahora no tendrían problemas en seguir las resoluciones de Bélgica o Alemania?

Si en vez de la unidad de España hubiera estado en juego en una comunidad gobernada por el PP la sanidad pública o la educación (con policías locales blindando las puertas de los centros públicos), ya lo creo que habría habido rebelión en opinión del Gobierno! Lo que pasa es que la opinión del Gobierno en realidad debería importarnos -en el caso real de la unidad de España y en el hipotético del blindaje de otros derechos- un pepino del tamaño de la deuda pública. El deber del Ejecutivo es ejecutar las leyes, no opinar sobre las mismas. Cosa difícil de entender para un jefe de dicho poder Ejecutivo que se cree hoy doctor y mañana Kennedy, para ser el Rey la semana siguiente. Y todo sin llegar siquiera a diputado.




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