martes, 26 de septiembre de 2017

Mis comunistas


Artículo de Eduardo Maestre



Franco

A mí me llevaron en un autobús y me empujaron hacia unos descarnados vestuarios en donde me puse unas calzonas negras y una camiseta amarilla de tirantes, igual que todos mis compañeros de clase. Distribuidos por otros tantos vestuarios igualmente austeros había centenares de niños de otros colegios poniéndose las mismas calzonas negras y las mismas camisetas amarillas. Recuerdo vagamente cómo me llevaron con prisas a través de unos pasillos lóbregos entre empujones y respiraciones contenidas para acabar sacándome junto a mil niños más a un descampado árido que por fortuna ese día cubría un cielo nuboso; de haber lucido el sol que habitualmente calcinaba Sevilla, muchos nos habríamos desmayado por el calor.

No tendría yo ni siete años! O quizás los acababa de cumplir. No sé. El caso es que allí me veía yo, un punto negro y amarillo entre mil puntos negros y amarillos más, dispuestos todos en escuadras. Sobre aquel enorme terreno arenoso y junto a centenares de niños cartesianos aguardaba de pie alguna orden que pudiera entender -ésa ha sido siempre una minusvalía de mi cerebro: mientras que los demás chiquillos reaccionaban de inmediato ante una frase para mí  ininteligible, yo me quedaba bloqueado, incapaz de desglosar la orden y por lo tanto incapaz de cumplirla. Lo que se conoce como un verdadero torpe! Por fortuna, en aquella ocasión no había más que mirar a los niños negroamarillos que me rodeaban e imitarlos. Por lo visto, desfilábamos! Ya lo habíamos estado ensayando en el patio del colegio durante varias semanas, y parecía que ahora era el momento de lucirnos.

Y allá que iba yo, un, dos, papas y arroz, desfilando junto a mil niños más con una marcialidad de juguete hasta ocupar el inmenso secarral que entonces conocíamos en Sevilla como Chapina y que era utilizado para entrenar y ocasionalmente celebrar pruebas de atletismo. Aquel día caluroso y gris de primavera los miles de niños allí concentrados ofrecíamos la alegre bienvenida de la chiquillería sevillana al Generalísimo; una chiquillería marcial, perfectamente organizada en escuadras y entrenada para formar figuras geométricas simples con las que alegrar el corazón del Caudillo; porque al Caudillo –esto era de todos conocido- le encantaban las figuras geométricas simples!

Franco era un puntito blanco al fondo. Si aguzabas la vista, en una especie de palco que habían montado a ocho mil kilómetros de donde estábamos los geometrizados niños se podían ver unos bultos oscuros rodeando un punto blanco inmaculado que parecía levantar una mano a modo de saludo. Ése era Franco! Nosotros, para alegrar su corazón, caminábamos lateralmente dos pasos, levantábamos los brazos acompasados por un ruido de megáfonos ocultos y volvíamos a bajarlos. Eso le encantaba a Franco, por lo visto! La prueba era que desde el lejano palco llegaba un eco difuso de ovación. Pero el clímax llegó cuando sonaron, pareciendo romperse entre piedras que chocaban, los primeros acordes del Cara al Sol, escupidos y deformados por los ocultos altavoces. Y como el perro de Pavlov, allí los mil niños atronamos el aire con nuestro cara al sol con la camisa nueva que tú bordaste en rojo ayer… Una ovación cerrada, cargada de emoción, estalló cuando terminamos de cantar que en España empieza a amanecer. Muy impactante. A mí, no sabría decir por qué, siempre me emocionaba esa frase final, y oír aquella ovación me empañó los ojos.

Luego, nos volvieron a llevar fila por fila y a empujones por los pasillos oscuros hasta los vestuarios, en donde a empujones nos quitamos las calzonas negras y las camisetas amarillas de tirantes y en donde a empujones nos vestimos; después, nos llevaron a empujones por unas escaleras de cemento y a empujones nos metieron en unos autobuses que no eran los mismos que nos trajeron pero que nos regresaban, siempre a empujones, a los respectivos colegios. Habíamos desfilado para Franco! Le habíamos cantado el Cara al Sol, tantas veces ensayado! En mi colegio, Santo Tomás de Aquino -que, pese al nombre, no era un colegio religioso-, estaban todos muy contentos. Todos, menos don Fernando Becerra, nuestro maestro, que ese día no apareció por ninguna parte.

Don Fernando

Don Fernando Becerra era un maestro al que yo quería mucho, no sé por qué. Era muy serio, muy mayor y muy estricto; pero algo tenía que me inspiraba más confianza que miedo. Los demás niños le temían, pero yo no: yo lo respetaba. Un día, tras explicar no sé qué cosa, dijo que si alguien tenía alguna pregunta que hacer, que se acercara a la mesa para formularla en voz baja mientras los demás seguían con su tarea. Y yo, que nunca me enteraba bien de este tipo de sugerencias, entendí mal el asunto y me acerqué a su mesa para preguntarle la duda que me martirizaba, que nada tenía que ver con lo que acababa de explicar en clase. Dime, Maestre -dijo mientras reordenaba los papeles de su mesa. Don Fernando -le pregunté-: qué es la Antimateria? Don Fernando Becerra paró en seco la tarea de reubicar folios, carpetas y lápices; me miró espantado por encima de sus gafas y me dijo ¿la Antimateria? Pero tú qué sabes de eso? Eso no lo sabe nadie! Yo, sin embargo, no me amilané, y me atreví a decirle pues mi padre sí lo sabe, a lo que don Fernando, sonriendo de manera extraña (no sonreía casi nunca) me dijo pues si lo sabe tu padre, dile a tu padre que se lo diga a los físicos de la NASA, que la están buscando todos como locos y nadie la encuentra! Ahora resulta que nadie sabe lo que es la Antimateria y tu padre sí lo sabe! Anda, anda, siéntate en tu sitio, Maestre!

Me volví a sentar en mi pupitre muy marchito, pues por lo visto y según don Fernando mi padre no podía saber qué era la Antimateria! Y ya me estaba hundiendo en los pensamientos más lóbregos cuando el maestro me llamó a su mesa y me dijo en voz baja y con un registro dulcísimo dile a tu padre que me llame, que quiero preguntarle en persona qué es la Antimateria.

Al llegar a casa, le conté a mi padre lo sucedido y le hizo muchísima gracia, lo cual me mosqueó bastante. Y ya lo que acabó de sumirme en una nebulosa de emociones contrapuestas fue que mi padre me dijera que, en efecto, él no sabía qué era la Antimateria! Eso era el colmo! Pero si tú me lo contaste el otro día! -protesté. No –me dijo-; lo que yo te dije el otro día es que hay una sustancia negra indefinida que los científicos llaman Antimateria y que no saben aún de qué está compuesta. Y añadió, con la misma sonrisa paternalista que usó don Fernando, si no lo saben los científicos de la NASA, cómo lo va a saber tu padre?

Muy mal! Muy mal mi padre por haberme confundido hasta el punto de hacerme creer que sabía lo que era la Antimateria cuando en realidad no lo sabía nadie aún! Muy mal don Fernando por mandarme a sentar sin resolver el asunto! Y sobre todo muy mal los dos por decir, sin haberse puesto de acuerdo, la misma frase sobre los científicos de la NASA! Eso era lo peor! Así que le dije a mi padre, muy enfadado, que don Fernando me había dicho que lo llamara. Y al día siguiente, mi padre lo llamó.

De esa llamada surgió una amistad paralela al colegio; una relación interesantísima en la que don Fernando y mi padre se prestaban libros que nadie debía leer. En mi casa llegué a ver, ocultos tras los libros que habitualmente poblaban las estanterías del salón, La República, de Platón; Democracia, de Giscard D’Éstaing; El Capital, de Karl Marx, y otros muchos cuyos títulos y autores he olvidado pero que recuerdo como libros vetados. Ya me habían prohibido leer la colección encuadernada en piel azul que dominaba el centro del mueble de los libros, y que no era otra que la de las Novelas de Alejandro Dumas! Un veto que yo consideraba absurdo, pues Dumas era el autor de Los tres mosqueteros y de El Conde de Montecristo, películas que habíamos visto mil veces y que no me parecían contener asuntos turbios; pero mi madre insistía en que la Iglesia había vetado la lectura de Alejandro Dumas a los niños hasta que éstos cumplieran los catorce años y que aún no podía leerlas. Yo veía a diario los títulos (El tulipán negro, La Reina Margot, Las dos Dianas, El Vizconde de Bragelonne, Las lobas de Machecul…) y me parecía una estupidez que la Iglesia Católica no me dejara leer estas novelas hasta los catorce años. Una soberana estupidez.

Pasaron los años, y un día, de repente, se murió Franco! Estuvimos no sé si una semana entera sin ir al cole! Fue maravilloso! Pero cuando volvimos, yo me fijé en que don Fernando estaba muy nervioso. Ya hacía años que no era mi maestro, pero seguía siendo un pilar central de la estructura del colegio y entraba y salía de las clases de los demás; cogía cosas; se iba; estaba en el despacho del director; guardaba libros en cajas. Se le veía muy inquieto, quiero decir. Me vio bajando unas escaleras y me llamó: Maestre! Esperó a que terminara de bajar las escaleras y llevándome a un aparte me dijo, con una voz bien distinta de aquella que usó años atrás con lo de la Antimateria: Maestre, dile a tu padre que me llame. Así se lo comuniqué a mi padre, y supongo que éste lo llamaría. No sé de qué hablaron, pero sí recuerdo que todos los libros que don Fernando había prestado a mi padre se quedaron en mi casa para los restos. Por alguna razón inexplicable, no quiso don Fernando que mi padre se los devolviera.

Tomás

Don Fernando tenía un hijo que se llamaba Tomás. Tomás Becerra. Por las carambolas antropológicas que los barrios ofrecen formaba parte de la pandilla de mi hermano Ramón, compuesta por varones entre 10 y 12 años mayores que yo. A mi casa venían Tomás, Alfonso Juan, Joaquín y otros que no recuerdo a recoger a mi hermano e irse por ahí. Yo quería muchísimo a Alfonso Juan, que era nuestro vecino de al lado y un tío fantástico que me dedicaba largos ratos para jugar y para que yo le leyera cosas. Tomás Becerra era gracioso pero algo imprevisible. Ser hijo de don Fernando no le daba carta blanca para imponer su voluntad, y siempre estaba al socaire de lo que mi hermano y los demás decidieran hacer. Además, no se parecía en nada al padre: don Fernando era un hombre grave y ocupado en su intelectualidad personal de maestro eterno mientras que Tomás, su hijo, era una cabra simpática y algo superficial.

Un día Tomás, que hablaba muy fuerte y con una voz muy aguda, estaba a gritos con mi hermano en la escalera de mi casa discutiendo de no sé qué asunto. Se me quedó mirando desde sus dieciséis años y me dijo y tú qué miras? A lo que yo, desde mis cuatro añitos pedantísimos le espeté algo que acababa de leer o escuchar en algún sitio y que estaba deseando decirle a alguien: eres un esquizofrénico paranoico. Tomás se cabreó y me amenazó con cogerme y pegarme. Afortunadamente, mi hermano Ramón me metió en casa y ahí se quedó la cosa. Pero pocos día después, Tomás se presentó en mi casa con intenciones ocultas; esperó a quedarse a solas conmigo (yo tenía cuatro años!) para sacar un muñequito de los que entonces estaban de moda; un muñequito de unos 5 centímetros de altura cuya cabeza era una bola de pelo sintético que ocupaba todo el muñeco. Esos pelos estaban rociados de polvos pica-pica. Y me refregó por la cara el muñequito. Por la cara, por los ojos, por la nariz y por la boca. Inmediatamente, me puse a gritar de dolor –imagínense ustedes!- y Tomás puso pies en polvorosa.

Mi madre y mi hermana Adriana (que era catorce años mayor que yo) me atendieron tras la agresión echándome mucha agua, y todo quedó en un gran susto. Cuando llegó mi padre -que era practicante- del hospital en donde trabajaba, a mí ya se me había pasado el sofocón, pero tenía aún los ojos algo hinchados. Le contaron el episodio y mi padre prohibió desde ese instante a Tomás Becerra el acceso a nuestra casa sine die. Lo que vino después lo tengo en mi memoria entre brumas, pero creo recordar que Tomás, muy arrepentido y con absoluta seguridad empujado por su padre, don Fernando, vino a mi casa a pedir perdón a mis padres y a mí. Creo que mi padre le puso las peras al cuarto. Pero lo perdonamos, y Tomás pudo volver a entrar en mi casa. Y lo cierto es que nunca volvió a ocurrir nada malo y hasta llegué a tomarle cariño, pues en realidad era un tipo divertido.

Años después, cuando murió Franco, nos enteramos por mi hermano Ramón de que Tomás era comunista. Lo que le faltaba al pobre! –dijo mi padre. Yo, que tenía ya catorce años, veía a Tomás –que tendría 26- como la cabra loca que siempre había sido: muy blanco, con el pelo negro al estilo Cristóbal Colón y un mostacho negro impresionante muy de los años 70. Su voz aguda y chillona salía de las profundidades de ese mostacho y me decía Eduardito: tienes que unirte a las Juventudes Comunistas, que tú siempre has sido un niño repipi pero hablas muy bien! El futuro, Eduardito, es el comunismo! El comunismo es la libertad, Eduardito! Y yo le sonreía, pero para mis adentros rechazaba absolutamente la oferta etérea de una libertad que a mí no me faltó nunca; una promesa de libertad ofrecida, además, por alguien capaz de planear y ejecutar en frío una venganza consistente en frotar la cara de un niño de cuatro años con polvos pica-pica. Si éste me quiere vender el comunismo, mal asunto debe ser el comunismo, sentía yo en mi interior.

Así que decidí salir de dudas y un buen día le pregunté a mi padre qué era el Comunismo. Y mi padre, que lo había leído todo, me dijo que el Comunismo era una ideología cuyo objetivo era conseguir la erradicación de la pobreza y que todos los hombres fueran iguales, a lo que añadió que, a su juicio, era imposible de aplicar, pues todos los hombres son distintos, y que si un ingeniero cobrase lo mismo que un peón, nadie estudiaría ingeniería, y que si los hombres más trabajadores vieran que los vagos cobran lo mismo que ellos, dejarían de esforzarse. Mi padre, además, me dijo que ya se habían aplicado las ideas comunistas en Rusia y en China, y que ambos países tenían unos niveles de pobreza y miseria nunca antes igualados, además de que sus dirigentes habían tenido que matar a millones de personas por atreverse a levantar la voz. Eso era el Comunismo? Hambre, dolor, miseria y muerte? Entonces –le dije-, por qué quiere Tomás que yo me meta en las Juventudes Comunistas? Y mi padre, sonriéndose, zanjó el asunto: porque Tomás está como una cabra!

Fali

Yo aprendí a tocar la guitarra con 13 años. Recibía clases particulares de una señora mayor que se ganaba la vida dando clases de guitarra y cogiendo puntos de medias. Angelines, se llamaba. Angelines habría cumplido ya los cincuenta y era todo un carácter; tenía los ojos encendidos de una actriz del Neorrealismo italiano, la voz gutural y muy mal carácter. Me dio tres meses de clases y dejó de dármelas súbitamente porque yo no tenía disciplina. Decía –y con razón- que no le hacía los ejercicios, sino que me dedicaba a sacar las canciones de los Beatles, las sintonías de los anuncios y cualquier otra cosa salvo sus ejercicios. Así nunca llegarás a nada en  la Música, resonó su sentencia gutural en la puerta de mi casa, desde donde me lanzó una mirada de Anna Magnani para darse la vuelta y no volver jamás.

Sin embargo, yo dedicaba muchas horas diarias a la guitarra! Y la verdad es que tenía una facilidad asombrosa para construir la secuencia de acordes de casi cualquier canción. Como me había dado cuenta de que las niñas se acercaban a los que tocaban la guitarra decidí meterme en el coro parroquial de la Hermandad de Los Negritos, donde había varias niñas amigas de mi hermana Aurora, una de las cuales me gustaba. Al final, resultó que la niña que a mí me gustaba no estaba ya en ese coro, pero como me enteré de que yo les gustaba a otras dos, pues ésa fue razón más que suficiente para, con quince años, dedicar un buen rato diario al universo simplicísimo de la música parroquial, donde Do era Do, Fa era Fa y ahí sí que no había discusión posible.

En ese coro de Los Negritos había otro muchacho, bastante mayor que yo, que también tocaba la guitarra. Se llamaba Fali. Si yo tenía por aquel entonces 15 años, él tendría 20. Poseía un esqueleto que quería lucirse como tal; una estructura ósea que claramente pugnaba por salir a través de sus tendones; fibroso y con las articulaciones marcadas en el cuero de su piel, su cabeza era como una calavera distinguida que siempre miraba a lo lejos.

Fali era de la UJCE, la Unión de Juventudes Comunistas de España. Pero no un miembro más, sino un jefecillo, un cargo específico. De eso no hablábamos durante los ensayos del coro, pero recuerdo que yo lo contemplaba con cierto resquemor. Hay que tener en cuenta que Franco llevaba muerto año y medio, que estábamos al principio de lo que hoy se conoce como Transición, que la Constitución española no se había hecho aún y que el Partido Comunista estaba no solo prohibido sino perseguido! Y Fali, que estaba en el coro de Los Negritos, era un comunista! Y con responsabilidades en el partido! Supongo que ligaría muchísimo! Mientras tocaba la guitarra parecía mirar siempre a un horizonte que no existía, clavando desde el fondo de su calavera insistente unos ojos verdes que se ensoñaban en un paisaje que no veíamos.

Una tarde no pudimos ensayar porque estaban limpiando la plata del paso de la Virgen, y había un destacamento de señoras con pañuelos en la cabeza y en la boca utilizando productos tóxicos que, por lo visto, dejaban la plata como los chorros del oro. Nos echaron del sitio habitual de ensayo. Pero como no queríamos marcharnos a la calle nos reunimos informalmente en uno de los saloncitos de las dependencias de la Hermandad. Fali sacó su guitarra y se puso a cantar canciones con mensaje; canciones que venían del otro lado del Atlántico y que hablaban de Puerto Mont, de niños yunteros, del Ché Guevara y de no sé qué trabajadores de la zafra que fueron asesinados; unas melodías muy bonitas cuyas letras eran indescifrables para mí y creo que para todos. Como yo había tenido hasta hacía poco una novia guapísima que cantaba como los ángeles, conocía algunas de esas canciones por haberlas tocado para acompañarla mil veces. Decidí cantar Soldadito de Bolivia. Y aunque mi voz no podía compararse con la maravillosa voz de Mari Carmen –que así se llamaba mi exnovia guapísima-, la canté para todos en aquel saloncito parroquial de los Setenta.

Soldadito de Bolivia decía frases como “…armado vas de tu rifle, que es un rifle americano…”; “…te lo dio el señor Barrientos, regalo de míster Johnson, para matar a tu hermano…”; “…la hora no es de pañuelos, sino de machete en mano…” y otras igualmente crípticas para mí. Cuando acabé de cantarla, Fali abandonó su vigilancia eterna a ese horizonte que solo veía él y dirigió su mirada de vigía a mis ojos para preguntarme oye: tú sientes la letra de esa canción? A lo que yo respondí enfatizando la palabra clave de su pregunta: sientes? Sí –me dijo-: que si entiendes lo que estás cantando. No –me atreví a reconocer-; yo no solo no siento lo que dice la letra sino que no tengo ni idea de qué está hablando. Y entonces –añadió Fali echando hacia arriba su mandíbula de cráneo modélico-, por qué la cantas? No tardé ni un segundo en responderle: porque me gusta la melodía. Movió sus parietales perfectos hacia ambos lados buscando cómplices y sentenció: por lo menos, es sincero! Tras lo cual, y como un Yorik sedado, volvió a sumirse en su otear sin horizontes.

Por lo menos, yo era sincero! Esa frase se quedó engarzada en mi ventrículo derecho durante muchos años. El capo de los comunistas jóvenes sevillanos en la clandestinidad había sido magnánimo con un adolescente que reconocía no saber lo que querían decir las canciones que cantaba. Afortunadamente no siguió interrogándome, pues la misma sinceridad que valoró tan positivamente y que me valió de salvoconducto para librarme de ingresar en su ya abarrotada checa conceptual habría barrido de su inquisitiva calavera todo rastro de piedad de haberme preguntado qué pensaba yo del universo comunista del que sin duda emanaban todas esas preciosas canciones. Uf! Se habría liado parda!

Toribio

En la Facultad de Filología teníamos la suerte de estar asistiendo a clases en el edificio de la antigua Tabacalera, en la calle San Fernando, pegados al hotel Alfonso XIII, donde no sólo estaba la Facultad de Filología, sino también la de Historia. Y a nuestras espaldas, y mirando hacia la estatua del Cid Campeador, teníamos a los de la Facultad de Derecho con todas sus banderitas de España en el reloj y toda su gomina a cuestas. Estudiábamos en el mismo edificio en el que Carmen la de Merimée guardaba una faca en su liga para ajustar cuentas con quien la soliviantara mientras liaba tabaco como quien hace gnochii. Todos asistíamos a clase en el mismo magnífico edificio de la antigua Tabacalera: los hippies de Filología; los progres de Historia y los fachas de Derecho. Eso sí: eran universos estancos; los de Historia o Filología jamás íbamos a la cafetería o a los pasillos de Derecho, ni viceversa. Jamás. No sólo nos dábamos la espalda en lo tocante a distribución de dependencias, sino en lo que atañía a la propia existencia del otro. Nos dábamos la espalda ontológicamente, por decirlo de una vez.

Por la cafetería y el campus de la Facultad había un universitario del que nunca supe con certeza si era estudiante de Filología o de Historia. Sé que no era de mi curso, porque jamás lo vi en las clases. Tenía la cabeza como un asterisco, completamente cubierta de pelo negro e hirsuto; una pelota de pelo rizado de casi medio metro de diámetro en la que quedaban como semienterradas unas gafas cuadradas de pasta negra tras las que se dejaban ver con dificultad dos ojillos miopes cuya inexpresión quedaba desmentida por una boca que hablaba mucho, constantemente y muy fuerte. Se llamaba Toribio, aunque todos le llamábamos Tori -haberlo llamado Toribio hubiera sido un despropósito, porque en general nos caía bien y porque no hay quien pueda arrastrar la propia vida llamándose Toribio!

Tori siempre estaba soliviantado. Había que nacionalizarlo todo! Si fuera por él, la cafetería de la Facultad debería ser nacionalizada y pasar a controlar el café y las tostadas de zurrapa de lomo! Acto seguido te pedía en una colecta relámpago cinco duros que le faltaban para pedirse un sol y sombra, iba a la barra y volvía con su bola de pelo gigantesca en la que desaparecía por un momento la pequeña copa de alcohol para resurgir acompañada de un discurso sobre el Mayo del 68, una época en la que por lo visto se abrió el Parnaso para iluminarnos a todos, pero en la que él tendría seis o siete años y la habría pasado pegándole patadas a las piedras en Badolatosa, su pueblo. Nosotros lo sufríamos porque era muy simpático, pero nadie podía afirmar a ciencia cierta dónde estaban sus libros, sus apuntes o su mochila. Tori era un apóstol jovial, un evangelista del comunismo incapaz de penetrar la fina piel del mismo; era verlo llegar, siempre sin libros, y sólo el alegre flotar de su pelo esférico prometía evadirnos durante un rato de nuestros graves asuntos en un universo superficial y divertido.

Un día vino a la Facultad Juan Goytisolo a dar una conferencia que resultó divertidísima y deslumbrante; sobre todo por la brillantez del escritor, que respondía a cualquier pregunta con una capacidad y una lucidez asombrosas. Nosotros, los tres o cuatro que nos juntábamos siempre para todo, fuimos a verlo y pudimos coger sitio en un lateral del Aula Magna de Historia. Goytisolo, flanqueado por catedráticos y adjuntas, hablaba casi recostándose en la ancha mesa que presidía el aula con una voz clara y sonora. Cuando se abrió el turno de preguntas, muchas manos se alzaron para saber su opinión sobre cuestiones literarias e incluso universitarias. Pero al otro lado del aula atestada, sobresaliendo como un peluche nerviosísimo, Tori levitó unos instantes por encima de la masa estudiantil para bramar por qué ha estudiado usted la carrera de Derecho? Goytisolo no dudó un instante en responder: mire, yo siempre quise ser escritor; un escritor libre; un escritor que se dedicara a escribir, y la única carrera que me permitía abrazar la Literatura sin reglas ni cortapisas fue la que elegí: la de Derecho. A lo que estalló una carcajada general seguida por una cerrada ovación. Estaba claro que nos reíamos porque no nos estábamos enterando de lo que acababa de decir: Goytisolo nos había dado una bofetada brutal, pues quien creyera que estudiando Filología iba a llegar a escribir bien, estaba listo! La única forma de llegar a la Literatura, según el escritor, era huir de los dispensarios oficiales de la misma! Pero Tori, inaccesible a la ironía, dio un paso más; esperó a que los aplausos comenzaran a extinguirse y gritó ¿no cree usted que hay que nacionalizar Iberia? Se hizo un silencio extraño y Goytisolo no respondió, sino que se quedó mirando a ese peluche con gafas del que parecían salir preguntas extrañas, miró hacia otro lado y dio la palabra a una chica que le preguntó no sé qué asuntos sexuales de Luis Cernuda. Tori volvió a sumergirse entre la masa universitaria y desapareció de allí. Cuando, pocas semanas después de la visita de Goytisolo, acabó el curso no volvimos a verlo más.

Qué pesadez, no? A qué venía destruir la magia de una presencia tan imponente con preguntas como la de la nacionalización de Iberia? Pero qué le pasaba a Toribio, coño? ¿No veía que se había creado un ambiente de fervor hacia la Literatura? Para una vez que entraba en la Facultad un verdadero escritor con toda su complejidad a cuestas, tenía que venir un monomaníaco como Tori para hacer hincapié en asuntos que no le interesaban a nadie! A Goytisolo, desde luego, no le interesaba lo más mínimo la nacionalización o no de la compañía aérea! De hecho, al salir de la magistral conferencia comentamos la inoportunidad de nuestro compañero y todos estuvimos de acuerdo en que estaba colgado. Yo, además, percibí en la testarudez de Toribio esa sensación extraña que me provocaban las películas de nazis, en donde lo que más miedo me daba no eran las terribles imágenes del Holocausto sino la convicción y el dogmatismo cerril que los civiles alemanes demostraban cuando en cualquier cena o reunión familiar hacían una alabanza del Führer ante los presentes. Pero cómo podía ser? Si Tori era un comunista, no un nazi! Esto me desasosegaba! Hasta que encontré el punto común de ambas doctrinas: el dogmatismo ciego y empecinado! Fue la primera vez en la que encontré un paralelismo incontestable entre los nacionalsocialistas hitlerianos de las películas y los comunistas de salón; paralelismo que, pese a haber hallado el punto común, me siguió atormentando porque nazismo y comunismo eran enemigos irreconciliables. O eso nos habían dicho a todos. Dios mío de mi vida! Qué joven era yo aún!

Muchos años después, cuando me estaba tomando mi café solo en el precioso Bar Laredo, cuyas ventanas enormes dan a la fachada trasera inconclusa del Ayuntamiento sevillano, vi aparecer a lo lejos una manifestación de las de pancarta y megáfono. Un numeroso grupo de vociferantes sindicalistas de Comisiones Obreras pedía menos horas de trabajo y más dinero para no sé qué sector de la exigua industria sevillana. Coño, otra manifestación! –me dije, mientras ponía bocabajo el libro que me estaba leyendo. Como pasaban lentamente, casi arrastrándose en dirección a la puerta del Ayuntamiento que estaba justo detrás, decidí aprovechar esta lentitud para buscar una característica física común entre los manifestantes; no sé: algún aspecto frenológico que compartieran; una caída de ojos; unos pómulos hundidos; algo, en definitiva, que me permitiera catalogar fisiológicamente a los sindicalistas. De repente vi cómo medio megáfono se hundía en una enorme bola de pelo negro conocida. Me levanté de mi silla y me puse a vociferar hacia los manifestantes Tori, Tori! La bola de pelo giró sobre su eje central, se apartó el megáfono, me miró un momento y, saliéndose de la marcha zombi, se abalanzó hacia la enorme ventana del Laredo para darme una especie de abrazo con pegatinas. Coño, Eduardo! Qué haces aquí? –me dijo mientras el megáfono pendiente de una cuerda daba golpes contra el pretil de la ventana. Que qué hago yo? –le respondí- ¿Qué haces ahí con el megáfono? Yo? –me respondió a gritos, ya que los Walking Deads volvían a gritar consignas- Yo tengo que llevarlos a machacar al alcalde, y ya vamos tarde! Pero ¿tú estás metido en Comisiones Obreras? –le pregunté con poca sorpresa. Tori se rio desde las profundidades de su bola de pelo antes de decirme golpeándome el hombro pero si soy el Secretario Provincial! Acto seguido vinieron dos hombres sin sentido del humor que parecían un collage de pegatinas y lo arrancaron de la ventana del Laredo. Toribio se despidió en volandas y regresó a la pesadísima tarea del megáfono perdiéndose entre la muchedumbre como un peluche en una cama deshecha.

Paco

Mi hermana Adriana –la mayor de los cuatro hijos de mi madre- tenía un amigo de toda la vida que, más que un amigo propiamente dicho, era el hermano de una amiga suya de toda la vida. El hermano raro. Se llamaba Paco, y no era raro porque en sí mismo pudiera parecértelo si te lo presentaban, ya que a pesar de ser un un tipo parco en palabras tenía modales exquisitos, trato dulcísimo y voz serena. Paco era raro por lo que llegó a hacer en su vida profesional.

Paco formaba parte de una familia sevillana adinerada; una familia de hosteleros de rancio abolengo. Tenían restaurantes de lujo en el corazón de la ciudad. Uno de ellos, muy conocido y frecuentado, abría sus puertas en la mismísima plaza donde están la Catedral, la Giralda y el Palacio arzobispal. E igualmente tenían otros tantos restaurantes y bares de alto copete distribuidos por las zonas céntricas de Sevilla. Paco era parte integrante de lo que se conoce como una familia bien. Pero decidió abrir por su cuenta un restaurante al lado del Hospital de los Venerables, cerca del río Guadalquivir, la Torre del Oro y la plaza de toros de la Maestranza; vamos: en un sitio extraordinario. Durante unos años todo fue bien; Paco recibía personalmente a muchos clientes con su voz de infusión de jengibre, y ni su calva ni su bigote a lo Freddy Mercury modificaban esa serenidad que sus pocas pero dulces palabras te conferían siempre. Su presencia era un estanque japonés. Su atención, un baño árabe para el espíritu. Paco era la calma.

Un buen día me llevé a toda la Tuna de Filosofía y Letras de Sevilla –mi tuna- a comer al Torre del Plata, que así se llamaba el restaurante de Paco. La tuna quería hacer una comida importante para celebrar los últimos certámenes que habíamos ganado dentro y fuera de Sevilla, y yo los convencí para ir allí. Para mi sorpresa, en mitad de la comida se levantó muy solemne el Jefe de la tuna y dio un discurso de agradecimiento  –completamente inesperado, os lo juro!- en el que en nombre de todos agradecía mi capacidad como director musical de la tuna. Y para dar carácter oficial al discurso, sacó una preciosa placa plateada que los muy tunantes habían encargado a mis espaldas y entre unos cuantos me hicieron entrega oficial de la misma. Yo no sabía dónde meterme, porque jamás me habían hecho un homenaje y además no me creía merecedor del mismo; no por modestia, que nunca la tuve, sino porque yo había hecho en la tuna lo que sabía hacer: montar canciones lo mejor posible. Pero lo cierto es que Filosofía tenía (y sigue teniendo) una cantidad de trofeos y primeros premios nacionales e internacionales de mucho cuidado. Así que, agradecido y emocionado como Lina Morgan, recibí la preciosa placa.

La placa era tan bonita, tan fina y labrada con tan buen gusto que cuando ya nos íbamos, después de habérnoslo bebido y comido todo y de haber cantado hasta las canciones de la Piquer, Paco me pidió el favor de dejársela al restaurante para exhibirla tras la barra principal de la entrada durante un mes, a fin de que los turistas vieran que allí ocurrían cosas interesantes relacionadas con las tunas. Yo, en el fragor del vino y los cubatas, le dije que se la quedara sin problemas. Pues bien: después de un mes expuesta, al parecer dos chicas inglesas muy simpáticas que aparecieron por allí se enamoraron de la placa consiguiendo engatusar no sé cómo a uno de los camareros para que éste se la diera. El camarero desconocido cedió; les dio mi placa conmemorativa y las guiris volvieron a su Londres natal con la placa en las maletas.

Cuando Paco se enteró de que el símbolo de mi homenaje había sido regalado a dos inglesas cogió un sofocón histórico. Llamó a mi hermana Adriana deshecho en disculpas, y ésta me llamó a mí, que ni me acordaba de la placa de las narices! Pero la historia no quedó ahí. Dos años después de que la placa viajara a la pérfida Albión sin permiso, cuatro tunos de El Bosco, tuna hermana de Filosofía pero con un currículo de golferías más que notable, viajaron a Inglaterra vestidos de tuno y con la intención de pasarlo bien. Uno de los cuatro tuvo la fortuna de pasar una noche de sexo en casa de una chica inglesa, y al despertar, mientras cruzaba el salón camino del cuarto de baño del apartamento londinense, se dio de bruces con una placa en la que la Tuna de Filosofía y Letras de Sevilla agradecía a Eduardo Maestre bla bla blá. Cuál no sería la sorpresa del tuno de El Bosco al encontrarse esa placa con mi nombre en casa de una desconocida! De manera que se la escondió en la casaca del traje y se la robó a la ladrona inglesa, obteniendo sus cien años de perdón y regresando a Sevilla con el botín! Eso sí: la placa no la vi nunca más, ya que el que se la trajo de vuelta y yo habíamos tenido una mala experiencia mutua en Venecia años atrás y no nos tragábamos. Pero esa es otra historia.

Poco después de la historia de la placa boomerang, el Torre del Plata cerró un buen día. Y en una de las cenas de Nochebuena que se celebraban –y aún se celebran- en casa de mi hermana Adri, a las que yo acudía siempre antes de venirme a vivir a Málaga, en el recorrido en eses de una conversación cualquiera le pregunté por su amigo Paco y el restaurante, a lo que mi hermana mayor me respondió muy apenada: ay, chato, lo cerró! Y eso? –le dije, muy sorprendido- Si le iba estupendamente! Pues porque Paco –me contó mi hermana-, que tú ya sabes que él era muy de pintar cuadros, muy artista y muy bohemio (yo, de esto, no sabía nada) decidió que todos sus empleados, los camareros, los cocineros, todos, tenían que cobrar lo mismo que él, y empezó a repartir los ingresos del negocio a partes iguales! Se le metió en la cabeza que él no podía ganar más que sus empleados, que él no podía ganar más que sus empleados y que había que dividir las ganancias en partes iguales… Y la cagó! Porque empezaron a pasar cosas raras: unos que echaban en cara a otros que si no sé qué que si no sé cuánto; otros que si no sé quiénes trabajaban menos; otros empezaron a escaquearse de las responsabilidades, y un negocio que iba viento en popa se hundió! Pero –le dije a mi hermana- por qué hizo eso Paco? Y Adri, mirándome con una cara mezcla de compasión y reproche velado me dijo pero Eduardito, hijo: ¿tú no sabías que Paco es comunista?

Me quedé estupefacto! Paco comunista? Pero si yo lo había visto en Rota, en la terraza del piso de Adri, junto a su hermana y la mía comiendo pipirrana! Si un día que aparecí por su restaurante, el pobre, deshecho de dolor, me había pedido disculpas durante media hora por lo que había ocurrido con la placa! Si nunca vi un defensor tan sólido del concepto de propiedad privada! Paco, comunista? Dios mío! Un tío tan encantador…

Mis comunistas

No puedo hablar mal de Paco. Paco era un hombre buenísimo. Ni de Tomás, ni de Fali, ni de Toribio. Y mucho menos, de don Fernando, que era un gran tipo. Pero está claro que todos ellos eran comunistas convencidos; religiosamente comunistas, que es la única forma de serlo. Fueron, además, mis comunistas; los comunistas que yo conocí de cerca. Y nada puedo achacarles porque nada malo me hicieron. Pero sí puedo hallar un rasgo común en todos ellos; una característica que va más allá de aquella puramente fisiológica que yo quise encontrar una tarde desde las ventanas del Laredo y que no es otra que la marginalidad emocional. Tanto don Fernando Becerra, aquel querido maestro del que a estas alturas no me cabe duda de que era un comunista oculto de los que habían sido educados por sus padres durante la Guerra Civil en los dogmas marxistas y milagrosamente habían crecido y vivido en la España de Franco sin llamar la atención, como su propio hijo Tomás, más cercano a la frivolidad que al comunismo en sí, eran marginados emocionales. Tanto Fali, el muchacho que miraba un horizonte al que no llegar jamás, como Paco el del restaurante, que desbarató el ideal comunista con solo ponerlo en práctica, tenían en común una visión deformada del mundo. Igual que Toribio el de Badolatosa, que llegó del pueblo pidiendo cinco duros para sol y sombra mientras quería nacionalizarlo todo y luego llegó a ser secretario provincial de Comisiones Obreras! Y todo ello sin cortarse el pelo un centímetro para ayudarse a sí mismo a ver el mundo que le rodeaba. Todos ellos eran emocionalmente marginales.

Pero además tenían otros dos puntos comunes y no menos importantes: una incapacidad para fijar la vista en la realidad prosaica, y un cierto miedo; pero no un miedo debido a la clandestinidad, que en los tiempos en que me llevaron a desfilar ante Franco tenía todo el sentido, pero cuando estábamos en la Facultad, no, porque la libertad de expresión en España era ya absoluta! No. El miedo que yo percibía en estos hombres que habían decidido discapacitarse a sí mismos para disolverse en el tanque helado del Comunismo era el miedo a los hechos, a la Historia, a la Realidad; un miedo irracional a encontrarse consigo mismos en la desnudez de lo cotidiano y frente el espanto –que lo es, sin duda- de que no existe el agradecimiento en los que son socorridos; que no hay un ente que se llame Pueblo, sino un sinfín de individuos egoístas cuya misión última -como no puede ser de otra manera- no es la igualdad sino la supervivencia propia y la de su familia.

Incapacidad y miedo: los pilares del pensamiento comunista.

Incapaz de asumir que todos los hombres son distintos y lo van a seguir siendo por mucho que se intente meter el océano en una bañera a base de decretos y planes quinquenales; incapaz de distinguir que lo que conforma el universo humano es una desmesurada constelación de individuos -cada uno de ellos con su propio universo personal-, el comunista, para construir su mundo ideal necesita suprimir al individuo, esa mónada molestísima que se empeña en tener criterio propio. La realidad individual es un obstáculo para la construcción de mundos fabulosos, y si algún plan colectivo no ha salido bien la culpa jamás va a ser del planificador y su absoluto desprecio por la Realidad sino de la mala aplicación del plan a causa de algunos individuos. Manuela Carmena, sin avisar, cierra un enorme número de calles de Madrid al tráfico; de repente, ya no pueden pasar los coches; sin dar explicaciones; sin tener en cuenta al individuo. Y cuando le preguntan por esta decisión, dice con su voz de bruja mala –yo la he oído, estupefacto- que “andar es muy bueno para la salud física y mental”, que “hay que andar, y también pararse a descansar ante los escaparates”. La comunista nos quiere andando y nos obliga a andar; pero no porque sea bueno para la salud –cosa que no se puede negar-, sino porque la comunista necesita modificar la Realidad para que ésta se ajuste a su universo de unicornios. El comunista nos hará felices; aunque para ello tenga que matarnos!

Esta huida de la Realidad; este no saber encajar lo prosaico del mundo produce un miedo pánico que deriva siempre en un afán por maquillar el entorno; un afán que se manifiesta de mil formas: desde el exterminio en masa de millones de campesinos rusos por orden de Lenin, en un extremo, al hallazgo del realismo mágico por parte de García-Márquez en el otro. Todo es una desesperada huida de la Realidad. Lenin no podía sufrir que el campesinado pro zarista de Rusia le estropeara su universo privado en el que el proletariado –que en la Rusia de principios del siglo XX no llegaba al 2% de la población- gobernaría el mundo. El hecho impepinable de que Rusia careciera absolutamente de proletariado era secundario para el Gran Planificador! La solución? Se acababa con la presencia molestísima de treinta millones de campesinos; en su lugar se ponían unicornios, y listo!

Y en cuanto a García-Márquez, otro comunista de corazón, no le quedó otro remedio que recurrir a la magia literaria para de algún modo conjurar las costumbres atrasadas y brutales de los pueblos de su país y convertirlas en acciones que parecieran regidas por el Destino, dotándolas de lo trágico y confiriéndoles, por ello, una dimensión que escapa al ojo normal. Tuvo que hacerlo; García-Márquez tuvo que hacerlo porque la realidad colombiana de su época (y de ahora, por más que las FARC pretendan hoy ser hermanitas ursulinas) era insoportable para un espíritu sensible como el del genial escritor. Encontró mundos fabulosos en los que miles de mariposas amarillas anunciaban la llegada de un profesor de baile; nos legó momentos extraordinarios como el de José Arcadio Buendía hablando en latín sin haberlo estudiado jamás mientras jugaba al ajedrez con el cura bajo el castaño, pero todo ello no deja de ser una huida de la Realidad.

El mundo es terrible, si uno lo mira de cerca. Pero el dolor, el sufrimiento y la madurez que ambos sentimientos inevitablemente producen acaban haciéndonos asumir que todo está relacionado con todo y que no se puede cambiar bruscamente la Realidad de forma parcial sin afectar muy negativamente a la totalidad; que no se pueden modificar realmente las formas externas sin reconducir antes las estructuras internas que las producen; que maquillar un comportamiento es eternizar la clandestinidad de su contrario. Hasta el más bienintencionado de los hombres, hasta la mujer más buena que uno pueda imaginar, si entra en la galería de espejos contrapuestos que es la religión comunista con la anhelante esperanza de cambiar el mundo a través de una metodología planificada a priori, está destinada al fracaso. En el mejor de los casos puede caer en el ridículo, como las carmenas y las colaus que en el mundo hay, llenando las cabalgatas de los Reyes Magos de símbolos crípticos y estúpidos que nada tienen que ver con la ilusión llena de magia de los niños e incluso poniendo en riesgo el secreto de la fiesta. O pueden poseer un corazón de artista genial y hallar una puerta oculta tras la que huir de la espantosa realidad convirtiendo ésta en lo que todos conocemos como realismo mágico.

Pero el mejor de los casos es también el más infrecuente. Lo habitual es que el comunismo haya sido llevado a la práctica sin trabas ni frenos. Es cuando nos lo encontramos aplicado desde el Estado. Y éste, siempre, es el peor de los casos. La Historia nos muestra el resultado de la implantación de esta religión terrible. No voy a hacer ahora un panegírico contra el Comunismo a base de enumerar las atrocidades, los asesinatos en masa, los genocidios en todas sus formas asiáticas; ni me dispongo a llamar la atención acerca del enorme atraso que han sufrido y sufren aún los desgraciados pueblos que han sido colonizados por este virus terrorífico; ni de las hambrunas provocadas gratuitamente; ni del terror impreso para siempre en los ojos de los oprimidos

Los comunistas que mantenemos

Pero no puedo callar ante la visión en mi país de algunos grupos que están desde hace poco en el Parlamento; grupos relativamente numerosos, financiados con nuestros impuestos y cuya tela de araña ideológica se sustenta declarada y firmemente en las tesis de energúmenos personales como Karl Marx, capaz de matar de hambre a su familia con tal de no trabajar con un sueldo estable; de genocidas ciegos como Lenin, quien, inaccesible a la Realidad, no dudó a la hora de exterminar -con sistemas eficacísimos que décadas después copió Hitler- nada menos que a 30 millones de campesinos de su propia nación durante los primeros cinco años de aplicación de sus tesis. Estos grupos parlamentarios españoles, extraídos de la aristocracia universitaria más intolerante, tienen como modelos de su estructura político-religiosa a monstruos como José Stalin, el mayor asesino en serie de la Historia de la Humanidad; a Fidel Castro, el impío matador de insurgentes; a Ernesto Ché Guevara, un mercenario de culo inquieto cuyas históricas espaldas cargan con tantos asesinatos y tanta violencia por todo el planeta; a Hugo Chávez, ese golpista-bufón que fue capaz de hundir en 13 años uno de los países más ricos del mundo; o a Maduro, su sombra agonizante, que ha decidido morir matando a todos los venezolanos. Este último, además, los financia desde hace años.

Mis comunistas no eran éstos! Al menos, no me lo parecieron. Cada uno de ellos me enseñó una lección importante. Pero también es cierto que ninguno tuvo nunca acceso al Poder, al verdadero Poder ejecutivo; de haber habido en España un Gobierno comunista probablemente habrían recibido un cargo y, con él, algún encargo. Ya se conoce ese magnífico refrán, certero como pocos, que dice “si quieres conocer al chiquillo, dale un carguillo”. Y es rigurosamente cierto. Yo he conocido algún hombrecillo mediocre, a alguna mujer gris que ha accedido a director de conservatorio y ha implantado el Infierno en la tierra para todos sus compañeros. Sé de algún pájaro sin oficio ni beneficio que ha sido nombrado director de personal en una empresa y ha acabado mandando al psiquiatra a la mayoría de sus subordinados. Son gentuza que si hubieran tenido un cargo político de responsabilidad en un Gobierno comunista no habrían dudado en firmar sentencias de muerte masivas. De haber caído nuestro país en las manos de esta estricta religión, quizás algunos de los comunistas bienintencionados que por mi vida pasaron habrían tenido la oportunidad de dar las órdenes adecuadas para la modificación inmediata de la Realidad, y caso de haber encontrado resistencia por parte de algunos individuos puede que no hubieran tenido tantas contemplaciones como cuando miraban al horizonte sin responsabilidad ejecutiva; quizás el pica-pica no les hubiera parecido suficiente correctivo, o jamás habrían soportado el silencio como respuesta cuando el interrogado no quisiera mancharse opinando sobre la nacionalización de Iberia. No lo sé. Y prefiero no saberlo. Ni siquiera quiero quedarme con la duda. Prefiero soñar con que mis comunistas jamás habrían diseñado un gulag, urdido una matanza o arruinado una región a sabiendas de que sus tesis no eran constructivas.

Además, y alguien tiene que decirlo, mis comunistas pertenecen a una época vibrante de la Historia de España; una época en la que aún se veían los acontecimientos con los ojos limpios, en la que todavía se escuchaban las palabras de los otros con los oídos abiertos. En definitiva, una época en la que quizás fuéramos unos ilusos. Pero de lo que no me cabe duda es de que fue una época en la que no había tantos gilipollas como ahora!




5 comentarios:

  1. Eduardo, soy músico aficionado, y si la música sale de tus manos igual que tus palabras, debes ser un gran músico. Genial como siempre.

    ResponderEliminar
  2. D. Eduardo, una vez más me deja usted con la boca abierta. No sé puede escribir mejor. Es un deleite para los sentidos leerle. Ya le he dicho alguna vez que yo leo en voz alta, desde pequeña, y créame si le digo que está usted muy por encima de muchos de los articulistas de los periódicos habituales.

    Por favor, no deje de escribir en "El demócrata liberal". Sus seguidores ya esperamos ansiosos su próximo artículo.

    Me quito el cráneo. Un saludo afectuoso.

    ResponderEliminar
  3. Muchas gracias por seguir publicando!

    ResponderEliminar
  4. Genial Eduardo, enhorabuena. Debería usted escribir un libro fuera del ensayo político. Tiene una narrativa muy amena.

    ResponderEliminar