martes, 14 de noviembre de 2017

Aquí crecían tres cipreses



Un artículo de Eduardo Maestre

NOTA: El uso de la palabra naci, con ce en vez de con zeta, es mi forma abreviada de escribir el término nacionalista. Para mí, es absolutamente legítimo decir y escribir naci en vez de nazi, y también es adecuado, porque desvincula gramatical, ideológica e históricamente a los independentistas -sean éstos vascos o catalanes- del nacionalsocialismo alemán de entreguerras, manteniendo sin embargo el carácter agresivo y destructor que tiene todo nacionalismo.

Aquí crecían tres cipreses
Crónica del Premio Libertad 1812, otorgado a Albert Boadella

El pasado jueves 26 de Octubre asistí a la entrega del Premio Libertad 1812, concedido por el Club Liberal 1812 de Málaga al actor, director y dramaturgo español Albert Boadella. Tuve la inmensa fortuna de ser invitado por la organizadora del extraordinario evento, mi ya amiga Ana Megías, actriz, profesora de Dirección y Arte Dramático, liberal hasta la médula y destacada miembro del club que entregaba el Premio.

Ana Megías, durante meses, fue la que pergeñó todo: desde buscar a Boadella hasta dotar de estructura un día que resultó luminoso para el célebre actor. Le organizó una recepción en la estación de trenes con una banda de música que recibió al dramaturgo con el himno de España; lo paseó en calesa por toda Málaga; le construyó una rueda de prensa que por lo visto el actor transformó en épica, y tras un almuerzo encantador y un par de horas de descanso en el hotel, lo llevó al Club Mediterráneo, en donde le hicieron un homenaje y le entregaron el Premio, tras el que se celebró una magnífica cena.


El ambiente

Como digo, tuve la suerte de ser invitado por Ana, que me había reservado un asiento en primera fila. Antes de que comenzara el acto me encontraba deambulando entre más de cien personas, muchas de ellas ya sentadas y muchas más aún de pie y hablando en corrillos. Estaba mirando la tarima central con cuatro sillas vacías sin saber qué hacer cuando, de entre la multitud que ya estaba tomando posiciones, surgió una hermosa mujer rubia vestida de negro que me sacó de la anomia -¿es usted Eduardo Maestre?- para llevarme detrás del cordón de terciopelo que dividía los asientos del público en dos zonas: la de los interesados en el acto, y la de los afectos a la organización del mismo. Una vez tras el cordón, vi mi nombre impreso en caracteres románticos sobre la preciosa cuartilla azul que reposaba en un asiento privilegiado, lo cual me hizo mucha ilusión! Me senté y, desde ese lugar a cinco asientos del homenajeado, fui testigo de un milagro.

De una puerta lateral salieron unas cuantas personas entre las que estaban mi amiga Ana, Albert Boadella y Elvira Roca, la autora de Imperiofobia y Leyenda Negra, el libro más fascinante que he leído hasta ahora sobre la esencia del pueblo español, un libro que actúa como un verdadero tónico para el espíritu quebrantado de los españoles. Hacía unos días que había terminado de leerlo, y tener allí a la autora de semejante herramienta de resurrección del espíritu español, al alcance de un saludo; verla llegar con su ausencia de autobombo, con su casi desparpajo de ama de casa; tener a Elvira Roca a dos metros de distancia me parecía asombroso! No me atrevía a abordarla, sin embargo, y estando allí, aún de pie hasta que comenzara el acto de entrega del Premio, se me acercó un hombre calvo que me dijo “¿tú eres el que ha escrito el artículo sobre Elvira, no? El del Luis Felipe”. Sí –le contesté. Se presentó como Ramón, el marido de Elvira, y estuve hablando con él un rato. Un tipo encantador, profesor de Matemáticas y sufridor sobrevenido del éxito brutal que está provocando el libro de su mujer, ya por la 15ª edición.

La entrega del Premio

Cuando por fin nos sentamos, el acto comenzó. Habló el Presidente del Club liberal; habló a continuación Jesús Pérez Lanzac, también conocido como Chumy, secretario del Club Liberal y un hombre simpatiquísimo que luego tuve a mi izquierda en la cena. Después habló Elvira Roca, encargada de introducir de alguna manera la necesidad de entregar un premio así a un hombre como Boadella.

Roca habló sin papeles, sin darse importancia, como la que está amigablemente sentada a tu vera en una mesa camilla; pero con una lucidez y una frescura sólo posibles en alguien con una inteligencia cuidadosa y perfectamente estructurada. Comenzó hablando de los indios americanos en su relación con los españoles del XVI, y de ahí derivó hacia la importancia del humor, de la risa, del chiste en la España actual para entroncar finalmente con la urgencia de premiar a un cómico de la talla de Boadella. Su intervención, que no llegó a los diez minutos, fue recibida con un caluroso aplauso. Finalmente, salió Ana Megías a hablar, y fue la última en hacerlo antes de ceder la palabra al premiado.

Ana se puso en pie y se acercó a un atril de madera que había en la tarima a dos pasos de la mesa; sacó unos folios, se encajó unas gafas y comenzó a untar con su voz de contralto dramática las paredes de la sala con aceites perfumados. Qué colocación de voz! Qué diferencia de registro con los que no somos profesionales de la escena! Perfectamente sonoras; escrupulosamente emocionales, sus palabras iban directas al vientre de los oyentes y, en particular, a las vísceras escénicas de Boadella, que la miraba desde la primera fila entre sonrisas y protestas de gratitud. Tras pintar una semblanza del personaje, la organizadora del evento nos habló de la vida y milagros de este catalán universal, de sus andanzas con la Justicia franquista, de su empeño en tocarles las narices a los poderosos y, finalmente, de la persecución que ha sufrido en su propia tierra por parte de los separatistas, esos nacis con barretina. En la recta final del discurso, la actriz lo comparó con Aristófanes, Moliére, Tirso, Lope y hasta Plauto! Boadella hacía gestos de anda, qué exagerada eres! Pero en cierta medida, ¿qué otro dramaturgo español ha logrado trascender los escenarios para convertirse en un referente de libertad? No se me ocurre otro!

Boadella, de lejos

Para cerrar el acto, salió el propio Boadella a hablar, y lo hizo sin papeles. Cuando contaba los detalles de sus andanzas escénicas contra los poderosos, abría los brazos en dirección al público como diciendo qué otra cosa podía hacer? Contó el actor que a él le pasó lo que a Chaplin en la película Tiempos Modernos, en esa memorable secuencia en la que Charlot se agacha a recoger un banderín rojo que se ha caído de un camión que transportaba materiales de construcción y, agitando el banderín para que el camionero se parara a recuperarlo, se encuentra con que decenas de personas empiezan a seguirlo por la calle como si fuera un líder político revolucionario! Charlot, entonces, echa a correr, huyendo de sus perseguidores, y esto no hace más que empeorar la situación, pues se le siguen uniendo cientos de adeptos! El actor confesó que al regresar del breve exilio al que tuvo que irse cuando se fugó de la cárcel española en la que quisieron encerrarlo por una obra de teatro que había molestado al Régimen, lo recibieron como un referente del antifranquismo. Se vio, de repente, con el banderín rojo en la mano y, claro, como Chaplin, tuvo que seguir!

Boadella fue muy simpático -en el sentido etimológico del término. Y muy ilustrativo. Además, contaba sus andanzas quitándoles cualquier resquicio de importancia, de trascendencia; como si toda su carrera no fuera más que una concatenación de casualidades! Estaba claro que nos hallábamos ante la proverbial modestia que sobrevuela siempre las cabezas de los grandes hombres. Cualquiera que lo escuchara diría que, visto así, su vida no tenía nada especial. Pero nada más lejos de la realidad que semejante espejismo.

Miren ustedes: está claro que en la vida de los grandes creadores llega un momento en que la madurez deja paso a la senectud. Pero ello no obsta para que el genio del artista siga pulsando los botones que activan la reacción del mundo exterior. Que los biorritmos no sean los de la juventud (gracias a Dios!) no afecta en absoluto para que el núcleo, el magma que aún sigue dando vueltas en el centro de la esfera personal del creador de situaciones siga irradiando una energía deslumbrante. El mero hecho de que los independentistas catalanes lo hayan perseguido hasta conseguir que se vaya de su propia tierra deja en evidencia muchos aspectos: 1) que los separatistas, como hombres primarios que son, permanecen impertérritos ante cualquier expresión artística; 2) que carecen absolutamente de sentido del humor y por lo tanto de verdadera inteligencia; 3) que son unos paletos venidos a más, como lo fueron los nacionalistas de las Juventudes Hitlerianas, y, sobre todo 4) que Albert Boadella, a su edad y con el historial que arrastra como mosca cojonera de los poderosos, sigue siendo un referente de libertad, de inteligencia y de claridad conceptual; que los nacis lo hayan elegido como objeto de odio y repulsa lo convierte en el foco cegador que señala con su luz dónde está el origen de la rabia.

Y es que a Boadella no se le daba el Premio Libertad 1812 por su incontestable carrera dramática -razón que quizás requiriera otros foros más especializados en los asuntos del Teatro-, sino por ese empecinamiento en tener criterio propio contra el viento del Poder y la marea de la Opinión; pero sobre todo porque este catalán se ha convertido, a su pesar, en el símbolo que aglutina a todos aquellos españoles que, estando claramente fuera del espectro del conservadurismo –rancio o fresco-, no solo no somos nacionalistas sino que nos hemos manifestado con claridad y contundencia contra aquellos que pretenden destruir nuestra nación.

La cena

En la cena que vino a continuación de la entrega del Premio tuve la inmensa fortuna de disfrutar de un asiento reservado en la mesa central, cerca del homenajeado. La generosidad de Ana Megías para con el maestro de pueblo que escribe esta breve crónica ha dejado de ser enorme para convertirse ya en milagrosa. De no haberme invitado Ana, alguien tan poco relacionado como yo jamás habría soñado con asistir al acto; mucho menos, a la cena posterior, y de ninguna manera habría conseguido sentarme en una mesa tan intensa. Mi agradecimiento, pues, es sideral.

Dicho lo cual, la mesa central era un rectángulo inscrito en el centro de un enjambre de mesas redondas. En la cabecera de la misma, y de espaldas a un Mediterráneo que besaba a Málaga aprovechando la nocturnidad, se sentaban, como si fueran los Reyes Católicos, Boadella y, a su derecha, la propia Ana. A la izquierda del dramaturgo, haciendo esquina con éste y ya comenzando el lado largo del rectángulo, hablaba vivamente Elvira Roca, de la que parecían saltar imperceptibles chispas de ingenio que casi se materializaban en el aire. A su lado se sentaba su marido, Ramón, con el que ya hablé en la entrega del Premio y con el que tuve el placer de seguir hablando durante la cena, pues yo era el siguiente en la mesa. Siguiendo por ese flanco, a mi izquierda estaba Jesús Pérez Lanzac, Chumy. Y más allá de él habría otras cinco o diez personas más a las que no conocía.

Chumy es un señor simpatiquísimo -abogado malagueño de toda la vida- que me contó antiguas historias de Málaga y que mantenía la tesis de que esta ciudad era muy dispersa, pero que precisamente esta dispersión favorecía que no hubieran aparecido clases tan bien definidas como en otras capitales españolas. Yo, que soy sevillano de los del centro mismo de Sevilla y que quizás por eso comprendo tan en profundidad lo que significa el concepto de clase social, daba tácitamente la razón a Chumy, pues es cierto que en el año y medio escaso que llevo viviendo en Málaga no he percibido el clasismo que he vivido y sufrido en mi propia ciudad durante toda mi vida. Sólo hay que darse una vuelta por mi Feria de Abril y luego venirse en agosto a la feria de día en la calle Larios de Málaga para darse cuenta de lo que digo. Y como lo que digo ya es mucho decir, no digo más!

A la derecha de Ana, esquinado con ésta y ya frente a Elvira Roca, se sentaba José Agustín Gómez-Raggio, el expresidente del Club Mediterráneo, en el que se realizaban el acto de entrega y la cena posterior. José Agustín es abogado, hombre de negocios de éxito y un tipo de lo más interesante que he conocido en los últimos tiempos. Tuve una conversación de casi dos horas con él una tarde que quedé con Ana para tomar café y me pareció un hombre jovencísimo pese a pasar ya de los sesenta años. Estuvo a punto de representar a Ciudadanos por Málaga en el Congreso de los diputados, pero nada más ingresar en el partido se le ocurrió la estrambótica idea de hacer política de verdad. Qué locura! Claro: desde la Archicofradía de los Hermanos Mayores de la Divinidad Naranja lo anatematizaron y lo expulsaron de inmediato. ¿Cómo se atrevía a poner en solfa los dogmas de Fe alguien que aún no llevaba el tiempo mínimo de curación en el partido? Por lo visto hay que demostrar solera en el carné para atajar los problemas de la gente. Me imagino a Bismarck apuntándose al partido de Albert Rivera y oyendo lo siguiente: “Unificar Alemania? Pero cómo te atreves? Si no llevas ni dos meses en el partido! Pero quién te has creído que eres, Bismarck? Unificar Alemania! Menuda idea!” Así que, con su salida fulminante de ese antro de parálisis política, José Agustín recuperó su libertad de pensamiento, palabra y obra mientras que Ciudadanos apretó aún más –si cabe!- la soga que como partido político lleva al cuello, disminuyendo sensiblemente su ya patética influencia en Andalucía.

¿De verdad alguien pretende hacer política en nuestra tierra sin renunciar a ese espíritu de sacristanes, de capataces de cofradía, de ratones de sagrario que se gastan todos? Porque es que así son todos! Los de Ciudadanos y los del PP: desde Juan Marín con su flequillo inquietante hasta Zoido -ese hombre cuyas chaquetas siempre le quedan estrechas por el esternón- parecen sacados a la fuerza de un besamanos! En cuanto llega un tío con las ideas claras, se lo hacen encima! Estamos listos, los andaluces, si queremos entrar así en el carril del verdadero progreso!

A la derecha de José Agustín estaba un hombre joven que por lo visto era el director del diario Sur. A su lado, y frente a mí mismo, una mujer desconocida. Y a la derecha de ésta y frente a Chumy, la hermosa rubia que me sacó del anonimato antes de comenzar la entrega del Premio, una mujer que se llamaba Lidia y que había conseguido que el color negro no quisiera abandonar jamás sus formas.

Ya en los postres, y mientras Chumy me proponía dar una conferencia en el Ateneo -una conferencia sobre Música, que yo a su vez intenté que versara sobre la poca aceptación de la música contemporánea y los motivos físicos que lo explican-, Elvira Roca se levantó para volver a su casa, en donde la esperaban dos críos pequeños. Esto me pareció asombroso! Es como si al final de una cena-coloquio sobre Spinoza se levantara Ortega y Gasset para marcharse porque tuviera que regar los gladiolos! Pero lo cierto es que Roca es madre de dos niños pequeños y profesora de instituto! Al día siguiente, viernes, tenía que dar clases a adolescentes brutales! Fue cuando le pregunté a Ramón, su marido, cómo llevaban el éxito tremendo de Imperiofobia, a lo que el profesor de Matemáticas me respondió “…regular; lo llevamos como podemos. Y esto es solo el principio: tiene entrevistas y planes para los próximos meses. Y por toda España!”. Así que, como se iban, aproveché para despedirme de la historiadora y decirle que su libro era un Red Bull para los españoles.

El caso es que, habiéndose marchado Elvira Roca, su asiento, el más próximo a Boadella, quedó vacío. Ana, atenta siempre a lo que ocurre, me hizo una señal significativa con los ojos como diciendo siéntate ahí ahora mismo! No me lo pensé dos veces y de repente me vi sentado en la esquina más privilegiada de la mesa, a diez centímetros del dramaturgo catalán!

Boadella, de cerca

Hola -le dije enarcando las cejas con estupor-, soy Eduardo Maestre, el sustituto de Elvira Roca; a lo que el actor contestó “encantado”, con esa voz entre tubular y proyectada que conozco desde hace décadas a través de la televisión. Ana me presentó oficialmente y cinco segundos después se marchó a hablar con no sé quién, dejándome a solas con Boadella durante casi diez minutos. El actor, que de alguna manera se vio obligado a darme conversación, me dijo que él tenía un hijo concertista de violoncello, y que éste hacía cinco años que vivía en China -en China, nada menos! Estuvimos hablando de lo difícil que resulta llegar a ser solista de cello, con lo que concluí diciéndole que su hijo debía ser un músico como la copa de un pino! Boadella lo confirmó, con los ojos muy abiertos y afirmando con la cabeza sí, sí; sí lo es.

Luego, le pregunté a bocajarro cómo se había ido fraguando la terrible decisión de exiliarse en Madrid, y el actor, bajando el tono anímico de su voz una quinta justa mientras miraba con esos ojos azules al mantel, me narró algunas de las peripecias que había tenido que sufrir en su tierra. Llevaba años soportando desplantes, desprecios y ajustes de cuentas. No me lo dijo así, explícitamente, pero se desprendía del tono de sus palabras, amortiguadas con un paño de tristeza antigua. Había soportado lo indecible; hasta el día en que por primera vez temió por su integridad física y la de su familia.

Me dijo que el nacionalismo “ha conseguido sacar lo peor de las vísceras de los catalanes”, y mientras lo decía hacía un gesto con las manos en el que parecía escarbar en su barriga para acabar poniendo sus tripas al lado del postre que nos acababan de servir. Me dijo que llevaba décadas viendo lo que esta panda de enfermos estaba haciendo con Cataluña sin que nadie hiciera nada por impedirlo. Y que la cosa no tenía una buena solución. Su mirada, que buscaba un remedio en el mantel, su voz y su recogimiento físico al hablar del tema denotaban un cansancio antiguo, una ya abandonada amargura dejada atrás por imposible. Pese a todo, y quizás porque su gestualidad lo transmitía, me pareció percibir un brillo de serena esperanza; probablemente, la que tienen los creadores en su propia juventud eterna. Qué, si no?

Y en ésas estábamos cuando apareció el Presidente del Club Liberal, quien, sin mediar palabra, se llevó en volandas al homenajeado entre un enjambre de admiradores. Boadella emitió leves sonrisas resignadas y allí quedó la conversación, con las espadas en alto.

Las fotos

Se llevaron a Boadella para enfrentarlo al mundo. Yo, que me quedé solo frente al hojaldre relleno de crema que no pudo comerse, me puse a observarlo de lejos. Lo veías por allí, posando con paciencia infinita con todos los que querían hacerse fotos con él; mirabas a ese hombre de estatura media, tan delgado, con el pelo blanco como la nieve; lo veías hablando con todos y pensabas menuda paciencia tiene este hombre!  Ana vino a rescatarme de la soledad y me llevó al corrillo formado en torno al actor.

De repente, un señor enorme que llevaba puesto un sombrero lleno de perlas colgantes, espejitos y estampas comenzó a tocarle porque es un chico excelente con un violín! Yo, que soy nuevo en esto de lo malagueño, cuando vi a ese hombre tan trajeado y con ese sombrero tan folclórico tocando toscamente el violín a 30 centímetros de la oreja de Boadella, me quedé estupefacto! No sabía si era una performance más de las que había previsto Ana, o un espontáneo! Además, el contraste entre el estupendo traje de ese señor y el delirante sombrero que llevaba puesto era chirriante! Luego, y sin quitarse en ningún momento el gorro de fiestero –así se llaman los que lo llevan en las pandas de verdiales-, empezó a hablar de toros con el actor y mantuvieron una conversación calurosísima al respecto. Más tarde me enteré de que el fiestero del violín era nada menos que el Presidente del Colegio de Aparejadores de Málaga, un señor muy serio pero con una vertiente folk y taurina imposible de ocultar.

Las razones del Premio

Tras hacerme una foto con Boadella –yo también! Por qué no? Al menos, había hablado diez minutos con él a solas!-, me despedí de Ana y me marché a casa pensando en que había sido testigo de un milagro. Porque premios se entregan todos los días, y a personajes célebres, constantemente; pero este Premio Libertad 1812, entregado a Albert Boadella en este momento de la Historia de España, no era un premio más. El hecho de haber elegido a un catalán, a un represaliado por las hordas nacionalistas, a un artista que ha tenido que exiliarse en Madrid para dejar atrás la amargura de sentirse un extraño en su propia tierra lleva una carga muy significativa. No había ni un solo asistente al acto que no tuviera clarísimo que el actor se ha convertido en un símbolo de la España perseguida. La hidra del nacionalismo, en su ceguera calcinante, arremete contra todo lo que represente lo español, y si bien Boadella es justo lo contrario de lo que todos conocemos como un español rancio, sí posee una característica profundamente hispana: la capacidad de volver ridículos todos los oropeles con los que la pedantería solemne adorna aquello que quiere proteger. Y si hay algo por lo que se distinguen los nacionalistas es por la pedante solemnidad con la que intentan dar visos de veracidad a cada uno de sus histriónicos actos: los rebaños de alcaldes con las varitas levantadas; la firma de papeles ilegales en los salones más lujosos del art-decó catalán; el canto de Els Segadors cada vez que caga una paloma sobre la estatua de Rafael Casanova, y tantas otras pedanterías insufribles para una inteligencia media-alta.

Boadella, en su modestia, se define como un bufón. Y aunque todos sabemos –y él- que es mucho más que eso, sí es cierto que en su carácter hay algo bufonesco, una importante veta capaz de burlarse (esa es la principal tarea del bufón!) de casi todo lo sagrado. Haberse reído públicamente de las bravatas de Jordi Pujol en su desternillante Ubú, President, obra en la que, como un Nostradamus barcelonés, profetizó el que con los años iba a ser el mayor desfalco de fondos públicos a manos de un clan familiar –“me quedé corto”, dijo al respecto en la entrega del Premio- fue lo que hizo estallar el rencor nacionalista, esa bomba construida a base de odio, arcanos complejos de inferioridad, paletismo chauvinista, desprecio por la inteligencia y, sobre todo, un inmenso terror a la libertad de expresión. A partir del año 1995, fecha en la que la estrenó, las puertas institucionales se le cerraron en toda la Cataluña oficial. Si los nacis –semiocultos por aquel entonces bajo la falacia conocida como nacionalismo moderado- veneraban como a un dios hitita al molt honorapla, y siendo tan esclavos de lo solemne como todos los nacis son, imagínense ustedes cómo les sentaría que un catalán cañí –nacido en el corazón de la Barcelona de la posguerra- se cachondease pública y notoriamente de los discursos pretenciosos, de la supuesta superioridad de la raza catalana y de las ínfulas supremacistas de un ridículo enano calvo al que además pintaba en las tablas como un vulgar ladrón de cuello blanco! Cada representación de la obra era un frasco de vitriolo arrojado a la cara del nacionalismo!

Tres cipreses. Tres verdades.

No pudieron soportarlo. No pudieron sufrir que el barco comenzara a hacer aguas por todas partes a causa de aquella brecha abierta en el casco, a causa de aquel torpedo –Ubú, President- que impactó de lleno bajo la línea de flotación de sus quimeras supremacistas. Por ello le lanzaron el anatema. Por ello lo han perseguido. Lo han difamado. Lo han amenazado. Y, traspasando ya el umbral de lo verbal para meterse de lleno en la antesala de la agresión física, llegaron a talarle los tres cipreses que tenía en su casa del Ampurdán. Tres cipreses que lucían -como lucen todos los cipreses- apuntando al cielo como llamas verdes y que estaban pegados a la tapia de su casa por fuera. Tres hermosos árboles llenos de vida y de historia que pertenecían a la finca del actor. Aprovechando la ausencia circunstancial de Boadella y que la parcela no estaba vallada, unos nacis hijos de perra se acercaron sin dificultad a los cipreses para asesinarlos impunemente y arrojar luego sus cadáveres manieristas dentro del patio del dramaturgo. Cuando el actor regresó de su viaje, se encontró los tres cipreses muertos y arrojados dentro de su patio.

No quiero saber lo que pensó Albert Boadella cuando vio aquello; no quiero imaginar qué suerte de amarguras combinadas pudo sentir un hombre como él, un catalán de pura cepa cuya vida es el teatro, la comunicación de emociones, el manejo de la sátira como tabla de salvación para no naufragar en mitad de este océano de imbéciles en el que chapoteamos. No sé qué llegó a sentir; pero, indomable, se sobrepuso a la agresión y pocos días después colocó en la tapia en donde habían vivido los cipreses un cartel blanco escrito en catalán con letras de molde negras y bien grandes en donde se leía lo siguiente: “Aquí crecían tres cipreses. Unos cobardes los cortaron una noche. Quieren imponer el pensamiento único en Cataluña".

Todo lo que decía el cartel es cierto. Tres verdades como tres supernovas. Ahí crecían y vivían tres cipreses: primer hecho indiscutible. Una noche, unos cobardes y miserables asesinos los cortaron: segundo hecho indiscutible. Esta acción execrable es una manifestación del odio hacia la discrepancia, pues no pueden soportar que alguien manifieste su disconformidad ante la compulsión nacionalista, y si han de recurrir a la amenaza o la agresión, lo harán, ya que su objetivo último es imponer un único criterio, un pensamiento único en toda Cataluña: tercer hecho indiscutible.

La mera existencia de estas tres verdades escritas en un cartel debería sonrojar a toda la cúpula separatista, porque fueron ellos, con su inmersión, con su adoctrinamiento en las escuelas, con su lavado de cerebro diario desde TV3 desde hace décadas los que empujaron a unos cobardes anónimos –probablemente unos desgraciados- a hacer una barbaridad así en nombre de no se sabe bien qué. Y si lo hicieron fue porque las instituciones catalanas llevaban años marcando y señalando a Boadella como lo que efectivamente es: un hombre libre. Y los nacis, si hay algo que no pueden soportar es a los hombres libres.

La resurrección

Por eso se le ha concedido este premio: por ejercer su libertad. Pero también porque Boadella aglutina en sí mismo todos aquellos rasgos que enfurecen y han enfurecido desde siempre a los totalitarismos, estén éstos maquillados de nacionalsocialismo de entreguerras, de nacionalismo posmoderno o de comunismo clásico. Estos rasgos son: el libre discurrir del pensamiento; el difícil ejercicio de la individualidad; un escepticismo militante; un inagotable sentido del humor; una insobornable independencia de criterio; la virtud de comunicarlo, y finalmente la irrefrenable vocación de reírse de lo solemne. Rasgos, todos ellos, característicos en hombres como Boadella, como Escohotado, como Savater, Ortega y Gasset, Muñoz Seca, Cervantes y tantísimos intelectuales, artistas y escritores españoles que a lo largo de la Historia se han descojonado del dogmatismo cerril, del paletismo ilustrado gracias a su visión compleja del mundo; hombres que han sabido relajar el Universo porque han acertado a articularlo; que han conseguido flexibilizar la Vida Real a base de ejercitar un escepticismo cotidiano; personas especiales que han logrado comprender que la Realidad es cuántica; que no todo lo que se palpa es Materia, y que Lo Inefable puede perfectamente ser tan carnal como la espalda de una mujer desnuda.

Este Premio Libertad 1812 se le ha concedido a Boadella como un grito de auxilio; un grito que sale de la garganta de los que conceden el Premio. Este galardón procede del vientre angustiado de los españoles de a pie que, desesperados por ver cómo durante cuarenta años se ha silenciado el nombre de España por mantener contentos a unos lobos insaciables, ahora resurgen de sus cenizas al comprobar que aún quedan trozos de patria sin calcinar en los que apoyarse para alzar la voz y reclamar justicia! Por eso digo que este Premio no es un premio, sino un milagro; pues milagroso es que España, hendida por el rayo que no cesa, resurja inesperadamente tras cuatro décadas de opresión nacionalista, de insultos, de agravios comparativos, de injusticias económicas y de desprecio por su Historia y su Cultura. Este Premio responde al mismo espíritu que hizo surgir como un clamor épico las dos manifestaciones antinacionalistas de más de un millón de personas que han tenido lugar estas semanas en Barcelona; entronca con esos balcones catalanes que ponen a toda voz el cutrísimo pero significativo Que viva España! de Manolo Escobar. Porque este Premio reconoce y ensalza la figura del español que se rebela, harto ya de sentirse perseguido, vejado, malherido por el horror a cámara lenta del nacionalismo. Y todo ello se encarna en Albert Boadella, quien con su sufrimiento personal ha dejado patente que es uno de los últimos hombres libres que quedaban en Cataluña.

Hay que aprovechar esta hora de resurrección, porque esta hora es la Hora de España! No podemos permitir que la industria mediática ni los cárteles políticos apaguen la llama que se ha encendido ahora en toda la nación! Albert tuvo que marcharse del pueblecito del Ampurdán en el que vivía porque, en esos días no tan lejanos, a un hombre así no le quedaba más remedio que luchar desde la más dolorosa soledad, y tras convertirse en el Gary Cooper de Solo ante el peligro no le quedó más remedio que exiliarse para no ser liquidado. Pero nosotros, y gracias a hombres como él, somos ahora muchos. Muchos! La locura desatada de los nacis en los últimos meses nos ha hecho levantarnos y nos ha convertido en legión! No podemos permitirnos bajar la guardia ahora, ni esconder nuestra bandera, ni acallar nuestra atronadora voz! Tenemos que negar el voto a aquellos partidos que no combatan al nacionalismo por derecho y sin ambigüedades! Debemos agruparnos en lobbys ciudadanos para hacernos mucho más fuertes. Urge hacerlo! Porque, si no, quizás un mal día nos veamos obligados a poner un cartel blanco en la tapia de nuestra nación en donde se lea “Aquí crecían tres cipreses”.








1 comentario:

  1. Espléndido, Eduardo. Aquellos tres cipreses...Ah, el totalitarismo.

    ResponderEliminar