domingo, 12 de agosto de 2018

Catetas sin fronteras


Artículo de Rafa G. García de Cosío



Una de las cosas que más decepcionan en la vida es no poder tener una conversación como Dios manda con una persona, a ser posible desconocida. Con los conocidos, al saber como son, resulta más difícil querer convencerles o sorprenderles con algo. Son previsibles. Sabes cuáles son los temas que le interesan pero no a ti, y vice versa; por otra parte, con los desconocidos es demasiado arriesgado lanzarse a conversar sobre algo, porque la falsa sonrisa que te dedican en los primeros minutos de gloria te puede llevar a pensar que lo que cuentas es interesante cuando en realidad no lo es; y con aquellos que no son ni conocidos ni no conocidos, por ejemplo un vecino, es todo más complicado aún. El otro día me saludó un vecino que regaba las plantas, y ante la pregunta de ''Qué tal'', me dieron ganas de responderle algo como...

''Muy bien, gracias, aunque acabamos de venir de Budapest a Heilbronn directamente, han sido 8 horas de viaje que para mí ya no significan nada porque estoy más que acostumbrado, aunque a lo que no me acostumbro es a los gilipollas que van al volante y tratan al resto de conductores sin el mínimo respeto, creyéndose que la autopista es suya. Y no te hablo de una autopista cualquiera, sino de Austria, donde paga tokiski por medio de una pegatina en el parabrisas, es decir, donde eres más consciente que en otros sitios del servicio por el que pagas. Que por cierto, habría que introducir una pegatina en Alemania también, porque no puede ser que un país que hace frontera con otros nueve admita que los nacionales de toda Europa circulen totalmente gratis, congestionando unas vías que al final pagamos el resto de contribuyentes. A todo esto, qué le parece el tema de los impuestos? Le gustaría subirlos? Bajarlos? Están bien administrados?''

Pero no pude, porque habría aburrido al pobre hombre y las plantas se le habrían ahogado.

Sin embargo, hay una cosa más dececionante aún que no tener una buena conversación, algo casi frustrante, diría. Es cuando, estando a lo tuyo, consigues oír una conversación interesantísima a pocos metros de ti en la que darías todo por participar. 

Una argentina K en Montenegro

Hace unos días me encontraba en un camping de Montenegro con mi novia. Era un camping barato que en la página web se presentaba como camping-granja, con gallinas, cabras y un par de perros. Nada más llegar, una mujer bajita y morena, con aspecto hippi (tras un par de horas me acabaría dando cuenta de que en realidad, camping-granja era un eufemismo de camping-hippi) nos saludó en inglés y preguntó de dónde éramos. Al contestarle yo que era de España, dijo sonriéndome que ella era argentina. Me llevó hasta la cocina, donde había una peruana y otros dos argentinos. Allí, cerca de un bote de cirstal con el mensaje ''tips for our charming volunteers'' me presentó a todos diciendo que eran voluntarios, a cargo de un fulano iraní que se encontraba en ese momento comprando cosas en Kotor, la ciudad más próxima.

Una vez sentados en el sofá, mientras intentábamos entrar en el pésimo Internet de Montenegro, me llamó la atención enormemente el tema con el que había empezado a hablar la argentina que me saludó con una de las cocineras. ''Yo ooooodio Clarín'', fueron las palabras melódicamente mágicas que abrieron mis -normalmente- empanados oídos. Me interesa demasiado el periodismo y la política como para dejar pasar este tipo de comentarios. Como ustedes sabrán, Clarín fue el periódico argentino más combativo con los gobiernos populistas y neoperonistas de Nestor Kirchner (2003-2007) y su mujer Cristina Fernández (2007-2015), y ahora sigue siendo el que más se enfrenta a la ideología ''K''. En Argentina, un K es lo que en España sería un sociata o un podemita, aunque quizá a la letra no le quepa tanto desprecio. La K, obviamente, es la inicial del matrimonio Kirchner.

No conseguía entender a la cocinera de detrás de la barra, por el ruido de la preparación de la cena en la que estaba inmersa. Pero la argentina chiquitita seguía opinando, y el siguiente comentario es tan real como la canícula de este verano: ''Bueno, yo en realidad no leo nunca diarios, y no entiendo a la gente que lee diarios. Es muy aburrido. Aparte de que mienten. Tú ves un titular que pone que la economía va a mejor, y luego ves a un mendigo en la calle, y en seguida te das cuenta de la realidad. Es la calle donde hay que estar''.

Un comentario así es para meterlo en una habitación de revelado de negativos, por toda la triste realidad que es capaz de revelar. Les admito que soy especialmente sensible a los comentarios de gente que admite sin pudor no leer ni diarios ni libros. He tenido, desde comienzos de 2018, dos clientes en clase de español que me han confesado (uno de ellos con amplia sonrisa en la cara) no haber leído absolutamente un libro en toda su vida, pero que tenían opiniones firmes sobre asuntos desde la elección de Trump hasta el separatismo en Cataluña. En la sociedad de hoy, nadie admite masturbarse, pese a que ello no hace daño a nadie. Pero en mi vida ya van tres personas en este año 2018 que admiten, sin bajar la voz, que no leen nada. Con el daño que eso hace. 

Como digo, me habría encantado participar, pero no sé si me habría podido contener. ''Cómo criticas un periódico que admites no leer?'' Pregunta breve e inofensiva, pero que solo habría llevado a discutir con una tonta. Tonta del bote, pero tonta que vota.

Yo siempre he desconfiado del periódico El País. Desde que, como adolescente, me informaba del poder de un tal Jesús de Polanco, hasta su rescate por parte de Soraya Sáenz de Santamaría, pasando por los años de universidad en los que se ofrecía de manera gratuita en la Facultad de Periodismo de la Complutense. El País ha tenido y tiene más influencia y poder de manipulación que ningún otro diario español porque es el único periódico de papel en castellano que encuentras en sitios como Copenhague, Frankfurt y hasta la estación de tren de una ciudad mediana como Heilbronn -si bien siempre llega con dos días de retraso.

Sin embargo, El País también es un periódico de calidad, porque -esto ya es mi opinión- tiene la mejor cobertura internacional, la mejor ortografía y a veces firmas imprescindibles (siguen invitando a la tribuna a escritores como Vargas Llosa o Savater). Que es un periódico negro en la Historia de España? Muchos estarán de acuerdo conmigo. Pero no por eso puedo dejar de leerlo para poco después criticarlo. Porque eso es algo que está reservado a los catetos y catetas sin fronteras.




No hay comentarios:

Publicar un comentario