jueves, 12 de septiembre de 2019

La muerte del BOJA


Artículo de Antonio Barreda



Desde la llegada del trifachito el Boja está vacío. Ese boletín que se había convertido en un libro de historia de la Junta de Andalucía desde su creación ha sido desangrado por el nuevo gobierno andaluz. En el Boja venía todo. El Boja lo era todo. Era una radiografía transparente de lo que la administración de la Junta en su conjunto hacía y deshacía. Era un compendio de contenidos infinitos. Era el maná donde todos acudían a comer y a beber. Allí estaba desde una subvención al desarrollo de una Ley. El Boja regía el destino de todos y cada uno de los andaluces. Todo lo que no aparecía en él no existía. Así, además, se había convertido en el nodo de los andaluces y había que pasar por caja para poder publicar, o para poder suscribirse.

Cuánto echamos de menos esas colecciones de Bojas con suplementos incluidos, Boja uno de dos, Boja dos de tres. Eran libros de texto del comienzo de la Junta. También se echa de menos esas ediciones en papel que se hacían en la calle Jesús de la Vera Cruz en el centro de Sevilla con la colaboración imprescindible de la imprenta Tecnografic y sus trabajadores. Eran ediciones de pago. Limitadas. La búsqueda se esos bojas era como encontrar un incunable. Entrabas en la alta edad media de la Junta de Andalucía. Y había que ir a las librerías donde se vendían. A mí me tocaba ir a la librería Céfiro a comprarlo en mis jóvenes años de aquella inolvidable Agencia de Medio Ambiente.

Ni había internet, ni móviles, ni hipercomunicación. Tan solo había la galaxia de Gutenberg, allí nos criamos toda mi generación, en ese ejército  de letras de plomo que invadían de tinta un papel. Eso es en esencia lo que era el Boletín. Un conjunto de caracteres impresos que daba forma a decretos, a órdenes, a nombramientos, a oposiciones, a lo que de verdad regía la vida y milagros del pueblo andaluz. Las tomas de posesiones se contabilizaban desde tu nombramiento publicado. Antes no eras nada, no existías. Nadie era nadie si no aparecía impreso en sus páginas.

Con los años el Boja fue cambiando, adaptándose a la historia y al momento político de Andalucía. Se marchó del centro de Sevilla más allá de Bellavista, y se hizo casi vecino del centro Blanco White de la Diputación de Sevilla, y allí se despersonalizó, se hizo otro. Se transformó en otra cosa.  En medio, en aquellos locos años 90, la vida me puso en el palacio de Monsalves, cuando estaba liberado y representaba al personal laboral de la Junta en su conjunto, a negociar con el Secretario General Técnico de Zarrías  la creación de la RPT del Boja, que se hizo por concurso público, siguiendo las proclamas inscritas del Convenio Colectivo para el personal laboral.  

Hasta el más allá había que ir ahora para colocar las inserciones del Boja. Allí, en esa nave, había perdido ya todo el glamour de aquellas primaveras esplendorosas en el centro de Sevilla. Ahora tenía sabor metálico, ecléctico, de algo que había perdido los apellidos y solo conservaba el nombre. Cambió letras y cambió diseño, pero el alma continuaba siendo pura. Era el manantial donde nacían todos los ríos de la Junta de Andalucía. Las vidas de toda la región estaban condensadas en sus páginas en blanco y negro.

La llegada de internet sometió al Boja. Se hizo eterno y universal. Dejó de ser de pago y se hizo del pueblo. Todos podían leer ahora en su móvil las disposiciones que traía tatuadas sobre su piel. Toda la galaxia de Gutenberg en edición digital de bolsillo. Todas las yemas de los dedos posándose sobre las leyes, los decretos y las órdenes.  Se interactuaba ahora con las páginas. Incluso se podía descargar sin pasar ya por caja. El conocimiento compartido para todos. Ya no hacía falta ser del primer estado para conocer, para saber. Se había socializado, se había hecho pueblo y ciudadano a la vez. Empezó a dejar de ser impreso para estar dentro de la red, para quedarse solo en letras de una fría pantalla.

Y empezó entonces su vaciado. Empezó a estar a dieta, a adelgazar de páginas y de contenido. Se hizo mayor con talla XS. Es cuando aparecieron nuevas formas, como resúmenes de decretos y órdenes. Cuando se quitaron de sus páginas todos los nombres. Ahora ya no había que aparecer allí para ser algo, para ser alguien. Los tablones digitales de las Consejerías empezaron a arrancarle la piel a tiras. Hasta allí conducían ahora muchas de las páginas del Boja. Ya no citaba vidas ni DNI, ya no contenía listados eternos como cúmulos enormes, ahora estaba siendo desocupado y desamueblado, arrancándole hoja tras hoja, mientras empezaba  a dejar de publicar las licitaciones que pasaban ahora a esa plataforma de contratación.

El cambio de gobierno lo terminó de desnudar, de dejarlo sin ropa que ponerse. Ya no había tatuajes sobre su piel. Dejaba su corazón de latir por los montes de la Junta de Andalucía y de escucharse su voz por las consejerías. Empezaba a hacerse viejo. Las letras se llenaron de canas y las páginas de edades cumplidas. Los nuevos empezaron a dejar demasiados días en blanco las disposiciones generales. Ahora pasa frío en las largas noches de invierno en lo que se ha convertido la nueva Junta de Andalucía. Hasta su propio buscador está herido de muerte. El Boja se muere, y el nuevo gobierno lo deja fallecer día a día, lentamente, en una agonía donde está encadenado sin fecha de retorno.




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