martes, 28 de julio de 2015

De la utopía a la ocurrencia

Artículo de Luis Marín Sicilia

En vísperas vacacionales estamos asistiendo a la nueva versión de la política vodevilesca, alentada por tanto debatillo de tertulianos que parecen trasladar las discusiones tabernarias a los platós televisivos, y de ahí a las instituciones. La nueva hornada de casta política resulta tan casposa como ruinosa para el bienestar de la comunidad. El estilo que pudiéramos llamar "CARCOKI" puesto en marcha por los Carmena, Colau, Kichi y demás demagogos del populismo más primario, constituye una sucesión de gestos, actitudes y ocurrencias que, con aparente afán justiciero, sin saberse bien qué ofensa se pretende reparar, son solo aromas revisionistas e intransigentes, llenos de rencor y con
un elevadísimo nivel de desmemoria e incultura.

Sin experiencia de gestión, los otrora ocupas activistas gesticulan, haciendo bueno el dicho de que la ignorancia es muy atrevida. Montan webs de desmentidos, quitan retratos, prohíben los toros, cambian el callejero, izan banderas no oficiales, suspenden misas... y colocan a los suyos. No gobiernan pero mantienen su peculiar agitación y propaganda desde las instituciones. Habrá que mirar también a quienes irresponsablemente, y con una frivolidad inconcebible en un partido con experiencia dilatada en la gobernación del Estado, hicieron posible su presencia institucional. Cierto es que, al menos en Andalucía, tal conducta no sorprende en un partido como el socialista que no tiene más credo que el poder, para cuyo mantenimiento ha protagonizado las más inverosímiles piruetas. Para quienes ponen trabas al ejercicio de la acción judicial, soslayan los criterios de los órganos de intervención y control, usan los presupuestos para comprar voluntades y someten a los organismos de la Administración y a los funcionarios que los sirven a una dependencia propia de comisariados políticos, resulta "peccata minuta" dejar entrar en el gobierno de las instituciones a quienes solo tienen el pecado de ser un poco más demagogos que ellos.

Pero en los tiempos actuales la demagogia tiene las patas muy cortas. Las exigencias sociales y la propia dinámica de la economía globalizada ponen a cada uno en su sitio, mucho antes de lo que los oportunistas de todo signo quisieran. Basta mirar lo que ha ocurrido en Grecia y lo que ocurriría en Andalucía de no disfrutar de los ingentes fondos provenientes de la Unión Europea y de la solidaridad interregional española. Las contrapartidas para hacer posible las ayudas a las zonas más necesitadas van a ser cada vez más exigentes en la forma de administrar los recursos públicos. La palabrería hueca sin buena administración está llamada al fracaso y las nuevas generaciones se verán obligadas a competir en un mundo globalizado donde quedarán en desventaja, como ha dicho Alain Minc, no quienes tengan menos ricos inteligentes sino quienes dispongan de más pobres mediocres.

En definitiva, una política irrealizable en un momento concreto es una utopía, y la historia nos muestra los daños de todo tipo que tales ensoñaciones han provocado en los pueblos. Expertos activistas que hoy han accedido a las instituciones han simplificado su acción política por una panoplia de ocurrencias o ideas inesperadas de hacer algo pensando en su originalidad. En el fondo, no hay nada nuevo bajo el sol. Con sus propuestas ocurrentes, adobadas a veces de soflamas pretendidamente justicieras, no resolverán ningún problema a la ciudadanía, ni disminuirán el número de pobres. Pero, eso sí, muchos de ellos y sus familiares y amigos habrán salido de la pobreza o habrán resuelto su problema. Es lo que sucede cuando una sociedad adormecida asiste impasible a contemplar como una nueva clase dirigente pasa del fracaso de la utopía al peligro de la ocurrencia.




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