domingo, 3 de julio de 2016

El interminable minuto de gloria de Pedro Sánchez


Artículo de Rafa G. García de Cosío

Corría el minuto 85 del partido entre Portugal y Polonia, este pasado jueves. El balón estaba en el aire, como suele ser el caso de los equipos cansados que van empatando, y de repente todos los jugadores se pararon. La cámara se deslizó a la izquierda y de un momento a otro el telespectador pudo ver a un espontáneo saltando al terreno de juego vestido con la camiseta de la selección portuguesa. Estaba escapando de, al menos, ocho agentes de seguridad que, desde la perspectiva del que ve el partido desde casa, parecían unos completos inútiles. El energúmeno llegó casi al centro del campo antes de ser derribado.

No habrá quizás en el mundo una imagen más clara de la manía del narcisismo que la de los llamados 'espontáneos' saltando al campo de fútbol en mitad de un partido importante. Ningún minuto de gloria en televisión, ningúna frase ingeniosa ante la atenta mirada de una veintena de personas durante un cumpleaños, nada de nada es comparable a ese minuto y algo más de tiempo en el que uno se cuela en un césped plagado de ídolos millonarios sudando y rodeados de un público que agarra sus cámaras fotográficas y eleva el tono de admiración y la repercusión en sus gargantas.

El narciso que salta a un campo de fútbol disfruta especialmente de su minuto de gloria porque todos los placeres se disparan exponencialmente. No es sólo el placer de contemplar cómo se multiplica el número de personas que lo ven y en ocasiones jalean, ni los focos, ni las personalidades (también curiosonas) del palco, ni el árbitro que ordena la expulsión, ni siquiera esa adrenalina de verse perseguido por varias personas vestidas de uniforme, no es solo esto.

Resulta que el narciso es consciente de que su insignificante persona, su irrelevancia infinita, su yo rutinario es capaz de apoderarse, de manera casi gratuita, de la atención de un evento con relevancia indiscutible. El jueves no se estaba jugando un amistoso, ni eran dos selecciones cualquiera. Dos buenos equipos peleaban, en los últimos minutos, por meterse en semifinales de una competición internacional. Sí, los últimos minutos. Porque esa es otra: el narciso es ante todo un vividor, y si va a liarla a un estadio, que sea siempre en los minutos finales, para no perderse nada del partido.


EL GRAN PARTIDO DE ESPANA

España juega ahora mismo un partido transcendental. Es el partido que nos enfrenta, al mismo tiempo, a distintos contrincantes. El país se enfrenta al nacionalismo más agresivo de las últimas décadas; a un terrorismo global, brutal, indiscriminado e imprevisible; a un drama económico que aboca a la hucha de las pensiones a agotarse en menos de dos años; a graves problemas educativos, de competitividad, de relevancia en el Mundo. Y, por supuesto, en este partido no podía faltar nuestro espontáneo, Pedro Sánchez.

El PSOE vive, si cabe, momentos aún más críticos que los de España. Y lo alucinante es que nadie parece verlo en sus entrañas. Es totalmente inaudito en Europa que un partido que pierde casi la mitad de sus diputados en un septenio (de 169 en 2008 a 90 en 2015) mantenga a su líder al frente. Pero lo que es surrealista, casi de tebeo, es que tras seis meses de falta de acuerdo, unas nuevas elecciones quiten a ese partido otros cinco diputados y todos sigan tan contentos.

Porque lo normal en Europa, si tomamos el ejemplo de Alemania en 2013, donde el candidato socialdemócrata Peer Steinbruck también se negó (fiel a sus principios, desde antes de celebrarse las elecciones) a una coalición con Merkel, es que el candidato desautorizado dimita y su sucesor facilite lo que la ciudadanía, la economía y las distintas partes e intereses de la sociedad reclaman: el acuerdo de los llamados partidos burgueses o populares. O es que ninguno de nosotros se ve forzado a trabajar cada día con distintas personas, en nuestra rutina, aunque piensen o actúen de manera diferente? Qué es esa chorrada de decirse cercano al pueblo y luego mostrarse incapaz de ceder?

El líder del PSOE, Pedro Sánchez, es el perfecto ejemplo de espontáneo que salta al campo cuando más tensa está la cosa,es decir, cuando más se están jugando los verdaderos protagonistas del partido. Creo que no me equivoco si digo que no ha habido en los últimos 40 años -desde los Pactos de la Moncloa- ni habrá en las próximas dos décadas otra oportunidad más clara para que los dos principales partidos populares del país (PP y PSOE), necesitados de socios, se pongan de acuerdo con esa chispita regeneradora, aun algo extinguida, de Ciudadanos. Extinguida por sus pactos locos en ciertas autonomías, pero chispita después de todo, viendo el resto del panorama. Una mesa de tres patas -PP, PSOE y Ciudadanos- podría traer no solo reformas, sino también aquello de lo que más necesita el país: unidad, claridad, esfuerzo y mirada centrada en el futuro.

Pero para todo esto, primero es necesario derribar al energúmeno. Aunque sean necesarias otras elecciones.


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