lunes, 22 de mayo de 2017

La era de la glaciación en Salud Mental

Artículo de Antonio Higueras

Soplan vientos gélidos en las relaciones terapéuticas con la enfermedad mental. Los que la sacaron de los manicomios y los que se resistían a ello, se han homogenizado en una distancia emocional de cuidados, refugiándose en las nuevas tecnologías: bien dirigiéndose a una pantalla de ordenador en sus breves conversaciones, bien sustituyendo la contención interpersonal por video-cámaras.


Recientemente un enfermero de Salud Mental en la Unidad de Hospitalización de Almería, ha tenido la honestidad y valentía de denunciar lo que, sin duda, es una clara conculcación de los derechos humanos, entre los que está ese preciado valor del derecho a la intimidad. El hecho tiene el agravante de la indefensión de quienes han perdido hasta la capacidad de mostrar su oposición y apenas conservan algún derecho. En los lugares de reclusión y opacidad, se generan modelos represivos para los que se utilizan todo tipo de medidas coercitivas. En “Salud Mental” –inmerecida designación- el despliegue de armamento químico alcanza cada vez mayor contundencia de sometimiento. La última, una cuestionada sustancia que bajo su apariencia sanitaria deja al individuo diezmado en sus respuestas durante tres meses. Es solo una simple y cómoda inyección que el desinformado inoculado ignora los efectos que le generará. La avidez por los menores esfuerzos de los agentes sanitarios, junto a una agresiva campaña de marketing sin precedentes por la Compañía Farmacéutica en cuestión, se han aliado. Diariamente los visitadores de productos compran voluntades en los Centros Sanitarios, y en su afán de ventas se proponen incentivar toda la cadena humana que domina al sometido. La desmesura es tan alarmante, que por seguir con el ejemplo de la sustancia en cuestión, en Granada, monopoliza una cuarta parte del gasto total de la rutilante Unidad de Gestión Clínica – ¡Mas de un millón de Euros!-, cuando hace unos años, la utilización de una sustancia de acción prolongada era una indicación excepcional por los riesgos que comporta. Las autoridades sanitarias que debieran ejercer de reguladores, miran para otro lado o participan de los incentivos, tras haber sido advertidos, tanto la Dirección Médica como la Gerencia del Hospital. Próximo objetivo de seducción publicitaria, las Asociaciones de Familiares, intentando buscar su complicidad bajo el engaño de un bien para su enfermo, que por ser muy caro, deber ser muy bueno.

Pero dejemos un lado las armas químicas de menoscabo de reacción, y volvamos al control invasivo de las video-cámaras voyeuristas para la vigilancia y otros menesteres, que se han infiltrado de forma osada hasta en los dormitorios. Ni desnudarse, ni otras intimidades podrán llevar a cabo los que privados de libertad, sin que puedan evitar el ojo lascivo orweliano. En las citadas Unidades, casi un 80% de los hospitalizados, están sometidos a tratamiento de forma involuntaria y, con frecuencia, muchos de ellos pasan por una mala experiencia durante su estancia, en las que el ambiente terapéutico ni siquiera es un eslogan. Nos sentimos históricamente legitimados para elevar la voz de alarma, tras haber sido impulsores del diseño e implementación de la anhelada llegada al hospital general, como una especialidad médica más. Corrían aires de reforma psiquiatrita en Andalucía, allá en la década de los ochenta, cuando abandonábamos los Hospitales Psiquiátricos segregados del Sistema Sanitario. Y pasados los primeros 25 años, no se han cumplido los pronósticos de garantías sanitarias ni de ser portadores de mayores estilos de humanización en los hospitales generales que nos acogían. Muy por el contrario. Nos hemos enquistado en una burbuja de aislamiento donde se destilan las peores esencias manicomiales bajo vestimentas de verdiblanco andaluz, convencidos que disfrazados, no seremos cuestionados como lo estábamos en los Centros de procedencia.

En todas profesiones, no siempre bajo un uniforme, una toga o una bata, hay un buen profesional, y "Salud Mental” ejerce una especial atracción a todo tipo de patologías y desviaciones caracteriales, precisamente porque aquí se camuflan mejor y gozarán de las mayores impunidades que ofrece el poder de la Medicina. Frente a ellos, los estigmatizados, a los que se les arrebatan derechos y libertades.

En su día promovimos cuantas resistencias ofrecía el Estado de Derecho para impedir, que a instancias de la Administración de Justicia, se instalara una video-cámara en la Unidad bajo nuestra responsabilidad, con la que su Señorías, llevarían a cabo la obligación de evaluar y entrevistar desde sus Juzgados a los pacientes involuntarios. La Ley de Enjuiciamiento Civil en su artículo 763 establece, desde la instauración de la democracia, que los privados de libertad, lo sean bajo la preceptiva autorización judicial previa. La citada Ley prevé para casos de urgencia la posibilidad de omitirla recabándola en un plazo no superior a las 24h. La progresiva deformación legal, ha convertido en procedimiento habitual lo excepcional. Y para la preceptiva valoración judicial del paciente en su lugar de internamiento, se está promoviendo, porque no, también las aliadas video-cámaras. No puede ser más paradójico: no concederle a un paciente la capacidad para aceptar o rechazar un tratamiento, y pretender que tenga el discernimiento de saber, que frente a una pantalla se están garantizando sus derechos. Me comentaron de una paciente que en tan singular entrevista, “lanzó un saludo a sus familiares que la estarían viendo por el imaginado canal de T.V.” Frente a este procedimiento, podían haberse alzado argumentos de discrepancia profesional de posibles efectos yatrógenos; pero no, lejos de ello, los terapeutas han descubierto en el hecho tecnológico, la cómoda sustitución de la relación interpersonal y se han lanzado a instalar cámaras indiscriminadas hasta en el último recoveco de intimidad. Se proclaman entusiastas de la medida, con coartadas de seguridad ¡Siempre la demagogia de la seguridad del paciente! Todos, salvo el enfermero que inspira este aplauso de admiración, por la valentía de denuncia y oposición al voyeurismo de observar cómo se desnudan los incautos pacientes o satisfacen sus mas legítimos impulsos sin molestar a nadie. El ojo digital, los vigilará desde una atrincherada y fría distancia humana mientras se escudriñaran monitores, pudiéndose optar por ver si dan algo mas entretenido por otro canal. Vaya perversión de la mano de los protectores de la salud mental ajena.

Con nuestro más entusiasta apoyo, nos sumaremos a las acciones legales, que traten de desterrar la medida que nunca debió permitirse por quienes, años atrás, se les llenaba el discurso de progresía. Algunos no muy alejados y bien instalados en sus lugares de dirección, pagan con dejación y corporativismo la perpetuación de sus puestos. Quien lo sospecharía en el virreinato almeriense.

En la era que calificamos de “Periodo glaciar” de la Psiquiatría, los enfermos mentales, especialmente los más graves, molestan y hay que ponerse a buena distancia. Si hace falta, se acristalan controles de enfermería, como la “pecera”, de la nueva Unidad de Agudos del cuestionado Hospital del Parque Tecnológico de la Salud en Granada. Con su monopolio de liderazgo y marchamo universitario al frente, se propagan mayores consecuencias de transmisión de valores, y bajo sus directrices, también se han instalado las gélidas cámaras de la frialdad interactiva. Pero testimonialmente, en la homónima Unidad que durante muchos años dirigimos, se quedaron en la puerta. No ha sido por la fortaleza de psicólogos ni psiquiatras, sino también por otra enfermera que, desde su puesto de supervisora mantiene la antorcha del trato humanizado, frenando cíclicamente los intentos de ésta y otras deshumanizadas medidas. Vaya nuestro público reconocimiento a esas valientes figuras de la enfermería que proclaman y mantienen unos principios que otros profesionales no han sabido liderar; porque lo que sí saben hacer desde la proyección de sus propios sentimientos, es añadir calificativos a sus pacientes de “aplanamiento afectivo”. Cuídense, porque las nuevas tecnologías avanzan y una legión de eficientes robots les quitará el puesto.


Antonio Higueras Aranda
Jefe de Servicio de Psiquiatría del SAS
Profesor Titular de Psiquiatría en la Universidad de Granada

No hay comentarios:

Publicar un comentario