viernes, 15 de abril de 2016

Salta Aquiles

Artículo de Eduardo Maestre


Advertencia: 

quien crea que hoy va a leer una reflexión sobre política, corrupción, elecciones o demás asuntos banales, puede abandonar aquí, en esta línea, la lectura. Porque lo que aquí les traigo es una reflexión sobre Arte, artistas y todos aquellos parámetros que empujan emocionalmente a algunos hombres y mujeres a seguir escribiendo, pintando o componiendo.
Dicho lo cual, quedan ustedes advertidos.

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Tengo perro: un perro grande; con la piel a rayas, entre rojiza, negra y dorada; sus cuartos traseros son poderosísimos; y luce una estampa que, de no ser yo un pobre maestro de pueblo, me plantearía llevarlo a concursos de belleza canina.

Aunque, ahora que lo pienso, no nos dejarían participar: nuestro mestizaje (él, una mezcla de alano español y labrador; yo, una mescolanza de filipino y judío… Yahvé Dios!!!) nos excluiría de inmediato si quisiéramos participar en un concurso donde lo que se premia es la endogamia documentada, la pura raza, la limpieza de sangre.

Sin embargo, y constatando eso que se dice de que los perros mestizos son más inteligentes y más sanos, mi perro está fuerte como un toro, corre poco menos que un galgo y es más inteligente e intuitivo que cualquier miembro del último gabinete del PP. Por no hablar de su extremada bondad con las personas y los demás perros: no ladra nunca, y jamás se ha mostrado agresivo; creo que él no sabría cómo agredir!

Hasta ahora, todo lo dicho podría ser suscrito por cualquier otro dueño de perro, siempre que el animal no fuera un perrillo chico de ésos que padecen neurastenia aguda, miedo profundo o psicopatía celóptica, o un perro tan grande como el mío, pero mal educado, agresivo y matador. Cualquiera que tenga un buen perro, como digo, suscribiría de inmediato los atributos desplegados en los párrafos anteriores: bondad, nobleza, buen aspecto y alegría.

Pero Aquiles, mi perro, tiene una característica que lo hace único entre el resto de los perros del Universo conocido; una acción que deja boquiabiertos a todos los dueños de los demás perros con los que nos hemos cruzado en nuestros paseos diarios, pues ningún otro perro lo hace, y ningún otro dueño lo ha visto hacer nunca: mi perro salta.

Quiero decir: Aquiles salta sobre el suelo que pisa; se eleva como lo haría un massai, sin coger carrera. Aquiles salta más de un metro de altura en perfecta verticalidad para caer de nuevo allí donde tenía sus patas puestas. Sólo lo hace cuando lo llevo atado con la correa y ve a otro perro al que conoce: se pone tan contento, es tan grande su alegría que, como no puede salir corriendo a causa de la correa que lo ata, convierte esa energía brutal, horizontal y generada por su contento, en una explosión vertical que le hace literalmente despegar como un Harrier y casi mantenerse elevado con una gracilidad que su aspecto de perraco tremendo jamás haría suponer.

Los dueños de los demás perros lo ven y no lo creen; se asombran, se ríen y se deshacen en halagos y comentarios de admiración hacia Aquiles. Todos coinciden en no haber visto nunca antes nada igual. Yo, que es el primer perro que tengo, no sé qué decir, pues ya estoy acostumbrado a sus hazañas saltarinas; pero puedo asegurar que no he visto ningún otro perro que haga nada parecido.

Lo que me llama la atención de esta rara habilidad de Aquiles es lo que en ella hay de símbolo encriptado; el paralelismo que sin duda encierra con la necesidad de Arte.

Uno anda ya aburrido de escuchar, de leer, de aceptar a regañadientes que el Arte es una manifestación del espíritu. Como si las acciones cotidianas pertenecieran a la esfera de lo material y aquellas otras, supuestamente trascendentes, estuvieran circunscritas a un ideal jardín de recreo, a un hortus conclusus inmaterial por el que danzan etéreas ninfas vestidas de gasa. 

Yo mantengo, sin embargo, que la actividad creativa, particularmente la artística, no es una pirueta del espíritu desligada de los procesos primarios más simples; no es un producto extra del cerebro; no es exclusiva del Hombre. Contemplo el Arte como una necesidad fisiológica, algo consustancial a la materia de la que estamos hechos: neuronas, hormonas, electricidad, moléculas, glándulas. Las razones por la que hacemos Arte surgen y se elaboran en los mismos hornos que aquellas otras por las que orinamos, nos levantamos del sofá para preparar la cena o discutimos acaloradamente en los bares acerca de la urgencia de sentar ante el juez al responsable de la actual depresión emocional de los españoles.

En mi opinión, la necesidad de escribir recurrentemente, de componer, de untar pintura en un lienzo responde a una realidad previa de inhibición. La mayoría de la gente que conozco –y a mis inminentes cincuenta y cuatro años conozco a mucha- cree que no es creativa; es decir: no lo es. Ya sabemos que uno sólo puede llegar a ser lo que cree poder ser. Y si una bailarina profesional piensa y cree a pies juntillas –nunca mejor dicho- que no sirve para diseñar una coreografía, o si un pianista está convencido de que jamás podría componer una simple canción, con certeza jamás podrán regalarnos con una maravilla orgánica como la que abre el ballet La Consagración de la Primavera, o con una simpleza tan previsible como cualquier canción de Elton John (al que, dicho sea de paso, deberían denunciar por abuso de la relación I-IV-V-I).

La inmensa mayoría -inmensa y aplastante- de la Humanidad ha decidido, por factores que ahora no vienen al caso, que no es creativa; y, como ya he dicho antes, efectivamente no lo es. Sólo unos pocos creemos serlo: bien porque nos rieron las gracias de pequeño y acertaron a reírnos alguna en especial (a la que nos agarramos para que nos quisieran explícitamente: cantar en público con cinco años, ataviado con ropas adultas; tocar la armónica con cuatro años; escribir en verso con siete; bailar con excelente sentido de la armonía corporal a los seis; dibujar edificios con perspectiva caballera a los nueve años, etc.), bien porque nos fascinó en la adolescencia el pack integral del Artista, que consta del clásico tormento interior exudado en forma de estudiada decadencia externa, la ampliación de los estrechísimos márgenes sociales -verdadera carta blanca que a los artistas les permite mostrase excéntricos sin ser detenidos inmediatamente por la Policía Municipal-, y las demás ventajas que conlleva ser tenido por artista en nuestro círculo de amistades y familia.

Pues bien, estos pocos y fastidiosos individuos (entre los que me cuento) con patente de corso para incordiar a los amigos y sentarlos a regañadientes a fin de que escuchen su última creación, creen a pies juntillas que esa novela, ese concierto, ese cuadro que han realizado es el fruto de un árbol ignoto que crece en ese jardín cerrado que todos conocemos como espíritu: el Arte como manifestación indiscutible de la espiritualidad. Zas! Esta creencia excluye, por descontado, a los demás animales como posibles artistas.

Qué es esto? Qué significa tal creencia, sino un tajo cruel en medio del valle continuo y multiforme que constituye nuestra red neuronal, nuestro hermoso universo molecular, constituido íntegramente por pura y dulce Materia viva? Acaso las células que constituyen la red neuronal del cerebro son más dignas que las que conforman las durezas que tenemos en los pies? Participan, acaso, las neuronas de un hálito divino del que las células del codo carecen?

La creación artística, en mi opinión, no participa de ningún hado externo a nuestra propia bioquímica; no lo necesita, además; nos basta y nos sobra con la inmensa suerte de contar con grasa, sangre, células de fibra muscular y neurotransmisores suficientes como para escribir el Ulises, componer el 4º movimiento de la 9ª Sinfonía o pintar Las Meninas. No necesitamos acudir a manes ni penates; no hay hálitos de luz ultramundana, ni musas que nos esperan para acariciarnos. Todo es fruto de nuestra bioquímica, de nuestra materia orgánica en funcionamiento; todo el Arte no es más –ni menos- que las campanadas profundas del reloj que nos constituye: un reloj hecho de materia viva, de fluidos en movimiento, de descargas eléctricas certeras.

Todos poseemos y estamos poseídos por la Materia; ella es la que constituye el Arte. La física emocional es la que nos hace convertir la energía instintiva en energía creativa: igual que mi perro Aquiles hace cuando sabe que no puede salir corriendo a recibir a ese perrillo amigo con el que sólo podrá jugar si yo lo suelto; Aquiles emplea toda su energía horizontal (que es mucha) en un despegue efímero de más de un metro de altura, sublimando lo que debería ser una carrera explosiva y transformándola en un salto hacia el cielo.

Aquiles salta porque sublima su energía, sabedor de que va a llamar la atención de los otros perros. Qué diferencia hay entre las razones que generan este salto extraordinario de Aquiles y aquéllas que dan lugar a la aparición de una obra de Arte? No veo diferencia!

Lo que distingue a la obra de Arte es, creo yo, el reconocimiento tácito de la capacidad de sublimación -expresada en la misma- del conjunto de fuerzas internas del artista. La creación artística parece ser la resultante del conjunto de vectores emocionales de aquel individuo que, dotado de alguna manera para la expresión simbólica (música, pintura, diseño, alta matemática, etc.), es capaz de modificar la verdadera trayectoria de sus anhelos (sexo, dominio, lujo, cariño, piedad) encapsulándolos en un símbolo o concepto orgánico que, además, es decodificable. Esta drástica modificación en la trayectoria de su voluntad deviene sin duda de la conciencia del artista acerca de los límites de sus propios anhelos. Un niño mimado y consentido podrá llegar a ser senador, pero jamás artista.

El verdadero artista obra del mismo modo que hace Aquiles, quien, sabiéndose atado y siendo consciente de que no puede salir corriendo y acercarse de inmediato al perro que ve y reconoce como posible amigo a 20 metros, sin ahorrar ni un kilopondio en su impulso decide modificar la trayectoria realmente anhelada (que debería ser una trayectoria horizontal) y convertir toda esa energía en un impulso vertical, llegando a flotar –literalmente, a volar!- a más de un metro de altura.

A mi juicio, para que tenga lugar la obra de Arte, deben encontrarse violentamente dos fuerzas: el anhelo inmenso del Individuo chocando frontalmente contra el muro inamovible de su Circunstancia; la energía derivada del impacto podrá desviarse hacia logros sociales extraordinarios (Revolución), símbolos estéticos perdurables (Arte) o caminos insospechados para el bienestar del Hombre (Ciencia). En todos los casos, el individuo debe sobrevivir al choque; sin embargo, la inmensa mayoría de estos encontronazos cotidianos con la Realidad derivan en el cansancio y subsecuente abandono de los intentos: es la causa de que haya tan pocos artistas verdaderos; del mismo modo, los científicos pata negra son contadísimos, y todos sabemos la escasez que hay de líderes revolucionarios. La mayor parte de la Humanidad no persevera en el intento de conseguir sus verdaderos anhelos: aceptan con madurez (?) la propia impotencia y optan por abrazar un camino más modesto y que con certeza generará menos ansiedad.

Pero esa pequeña parte que sí cree en las propias fuerzas (aunque sean fuerzas sublimadas); esa minoría que no renuncia a expresarse, a saltar hacia las estrellas como hace Aquiles, es la que nos abastece -desde siempre- de ideas y ocurrencias maravillosas y terroríficas. Los obstáculos en su camino son el alimento del que se nutre su creatividad!

Ahora, en esta etapa incolora que sufre España; en esta hora de pobreza intelectual e institucional; en este período brutal que se abrió entre 2008 y 2011 como un abismo ante todos y que aún perdura en forma de realidad insustancial, las subvenciones a la Cultura fueron las partidas presupuestarias que antes comenzaron a mermar y a desaparecer. Pues bien: al desaparecer la casi totalidad de las subvenciones, y el chorreo de millones de euros con los que han colmado los pesebres en los que abrevaban los paniaguados se ha convertido en un dulce recuerdo en la memoria de algunos, muchos de estos vividores sobrealimentados se han volatilizado del terreno confuso del Arte, pues la cruda verdad es que no eran artistas.

La subvención oficial es una cuchara ancha y ruda que primero deforma y finalmente mata a aquéllos que alimenta; los mata como creadores. Y los artistas, los géneros y las estructuras que han logrado engordar con las cucharadas de pienso de la subvención se revelarán ante nuestros ojos como lo que realmente son: figuras efímeras, banales, hipertrofiadas y débiles; falsas como trampantojos.

Y aquéllos que por fisiología pura y dura no puedan abandonar el sendero de locura diaria que supone el ejercicio de la creatividad, no tendrán más remedio que seguir escribiendo poesía, pintando cuadros o componiendo obras de cámara. Porque el ejercicio del Arte es una acumulación de hormonas y ganglios, un runrún de neurotransmisores y descargas eléctricas: no responde a otro premio externo que no sea la obtención de cariño -lo cual no deja de ser un chute de dopamina! Las subvenciones y los apoyos institucionales nada pueden hacer para estimular la necesidad de Arte, que no es otra cosa que la urgencia física de sublimar la verdadera volición. Los artistas genuinos, al igual que Aquiles, cuando se hallan ante un impulso irrefrenable, tienen que saltar!

Quizás ahora, tras desaparecer las numerosísimas muletas y máquinas de diálisis con las que el Estado mantenía en pie a miles de paniaguados contemplemos cómo la expresión artística gira de nuevo hacia el interior del artista, quien, sumido en sus dudas y sus demonios deberá enfrentarse con dignidad renovada a la verdadera Materia del Arte.

Mientras tanto, e intentando recuperar el aliento tras la visión del abismo, seguiré paseando a Aquiles por las calles de Jerez, y cuando el dueño de otro perro me pregunte estupefacto por qué Aquiles da esos saltos asombrosos, miraré indolente hacia el cielo jerezano y responderé: es un artista; él es así.




2 comentarios:

  1. Esta reflexión es muy muy interesante... la necesidad de dopamina es más alta en personas con algún problema afectivo; la existencia de numerosos creativos (S. Hawkins, T. Lautrec, F. Mercury) en dificultades para ser aceptados socialmente viene a corroborar tu perspectiva. Además, en la guardería, todos los niños cantan, pintan y bailan; siempre he pensado que cualquiera que no deje de hacerlo, con la debida práctica, tiene el potencial de llegar a ser un P. Domingo, D. Velazquez o R. Nureyev. Pero los falsos artistas, que tan perfectamente describes al final, están muy cómodos en su mundo de hados y musas con el que pretenden, no ya justificarse, incluso ponerse orgullosamente por encima de los demás. El verdadero genio, siempre es humilde... como tú. Un abrazo (más) desde la ruda Babiera.

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    1. Te agradezco tus palabras, pero debo decirte q eres demasiado generoso con el sustantivo-calificativo de genio. Yo no soy un genio, x más q me esforzara x serlo! Un genio es mucho más q un simple superviviente estupefacto, q es lo q yo realmente soy.

      Los genios se catalogan como tales cuando mueren. Tras desaparecer su actividad, el terreno sobre el q trabajaron ha cambiado definitivamente para no volver a ser igual jamás: allí donde hubo ríos, ahora hay presas; donde hubo montañas, carreteras; donde valles, colinas.
      Así, Beethoven, Monteverdi, Picasso, Cervantes, Le Corbusier...

      Pero yo no. Yo soy un maestro de pueblo. Y además, los hay mucho mejores!

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