sábado, 11 de marzo de 2017

Huelga, despropósito y distopía educativa



Artículo de José Miguel Ridao


La huelga del 9 de marzo en el sector de la enseñanza ha tenido un reclamo irresistible: “Contra la LOMCE y los recortes en la educación pública”. ¿Quién puede estar en desacuerdo ante tal eslogan? No cabe duda de que los profesores, padres y alumnos que no la hayan secundado han de ser unos insolidarios, o estar ciegos ante el ataque del gobierno central a un derecho básico, al futuro de nuestra sociedad. Pues bien, debo confesar que un servidor, docente de profesión, no ha apoyado este movimiento telúrico, y antes de que me crucifiquen por ello pretendo dejar claros algunos puntos que me parece que a algunos se les escapan, mientras que muchos otros cierran los ojos ante la evidencia.
  1. La LOMCE no es una ley perfecta, pero tampoco es peor que sus antecesoras. Su mayor fallo, desde mi punto de vista, es que ha sido aprobada sin consenso, desde la mayoría absoluta, lo que la condena de antemano a la desaparición independientemente de sus bondades, que también las tiene. En cualquier caso, se trata de una ley en vigor, y su derogación inmediata causaría más perjuicio que beneficio. Se impone más bien una modificación parcial de la misma hasta que se firme el tan anhelado pacto educativo, que mucho me temo que si finalmente se efectúa va a servir para contentar a todos menos a los principales afectados: los alumnos y los docentes, que tendrán que lidiar con una norma de consenso que tendrá en cuenta todo menos el aprendizaje. Al pensar en la manada de pedagogos, gurús, políticos y convidados varios que se reunirán para elaborar el ansiado pacto se me viene a la cabeza aquella definición de camello: un caballo diseñado por un comité.
  1. Es cierto que ha habido recortes: por desgracia no tengo más que mirar mi nómina de hace ocho años para comprobar que hoy cobro menos, aunque tampoco me quejo más de la cuenta, otros no han podido conservar su puesto de trabajo en estos tiempos de crisis. Muchas cosas se han hecho mal, la corrupción de unos y otros nos subleva, y el nivel moral de los políticos está igual de bajo que siempre, solo que ahora, en tiempos de vacas flacas, gritamos mucho y no pasamos ni una. Solo espero de los políticos que cuando amaine el temporal vuelvan a poner en su sitio el pedazo que me recortaron, y que actualicen el poder adquisitivo de los trabajadores de la enseñanza. Que no pase como con la gasolina, que al subir el petróleo sube su precio en un santiamén, pero a la hora de favorecer a nuestros bolsillos los oligopolistas de turno se toman su tiempo.
  1. Lo que más me molesta de esta huelga es la actitud complaciente de la Junta de Andalucía. El mensaje es claramente contra el gobierno central, y son pocos los que se acuerdan de doña Susana Díaz y su equipo a la hora de cargar las tintas. A los próceres y próceras de la administración educativa andaluza se les llena la boca de innovación, de progreso, de excelencia educativa, de tecnologías aplicadas a la enseñanza, de vanguardia, de referente educativo en España, en Europa y en el mundo, y todo es una gran mentira, más grande que Torre Triana. La política educativa de nuestra comunidad lo único que está consiguiendo es convertir a nuestros jóvenes en unos analfabetos funcionales. Se descuidan valores como la disciplina y el esfuerzo, únicamente importa la fachada y el aprobado. Los alumnos titulan sin cumplir ni de lejos varias de las competencias básicas que con tanto celo se exige incluir en las nuevas programaciones, especialmente la competencia lingüística y la matemática. Sin embargo, la competencia de manejar los móviles en los centros de enseñanza la dominan a la perfección. Los centros que consiguen mantener un mínimo nivel lo hacen remando contra la corriente política. A las nuevas hornadas de profesores se les trata de adoctrinar en este juego ruin, y por desgracia muchas veces se consigue. Repito: es todo una gran mentira, una mentira aterradora por el daño que hace, porque se está jugando no con un título ni con una nota, sino con la formación de unas personas, que además serán las que en el futuro trabajen y creen puestos de trabajo, y tengan hijos, y les den ejemplo… y no sigo, porque me da miedo de vislumbrar una distopía a la que espero que nunca lleguemos.



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